Grupo Editorial Pérez-AyalaLiteratura, pensamiento y nuevas voces
Reseñas / Revista

7 min de lectura

Sinencuentro, de Enrique Graciani Constante y Eloísa Zapata Tinajero: dos miradas sobre la línea de la amistad

Sinencuentro, de Enrique Graciani Constante y Eloísa Zapata Tinajero (Editorial Poesía eres tú, 2026), cuenta una misma historia desde dos lados: una secuencia de poemas titulada «Punto de vista de él» y un texto en prosa titulado «Punto de vista de ella». Esta crítica sostiene que el libro se construye sobre una asimetría: el verso rodea durante años un acontecimiento que no llega a nombrar y la prosa lo cuenta en dos páginas y explica por qué no ocurrió. Analiza la estructura de piezas de ocasión unidas por un estribillo, los símbolos compartidos de la tormenta y la línea, el juego de finales y cartas, y señala sus límites.

Sinencuentro, de Enrique Graciani Constante y Eloísa Zapata Tinajero, es un libro de 94 páginas publicado en 2026 por Editorial Poesía eres tú (ISBN 979-13-87806-55-2).

Enrique Graciani Constante (Sevilla, 1939) estudió la licenciatura y el doctorado en la Facultad de Ciencias Químicas de la Universidad de Sevilla, donde fue profesor de Química Analítica, y desarrolló la mayor parte de su labor investigadora en el Instituto de la Grasa del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. En Editorial Poesía eres tú ha publicado Elucubraciones (2020), Retratos (2022), Un ramillete de palabras (2023) y Sevilla en primavera (2026). Eloísa Zapata Tinajero (1941) se licenció en Ciencias Químicas en la misma universidad, en la promoción de 1964, y enseñó Física, Química y Biología en las Enseñanzas Medias desde 1966 hasta su jubilación en 2006. Es autora de novelas como La buhardilla de papel (2006), La tierra que habito (2016) y La risa perdida (2022), y pertenece a la Asociación Literaria ITIMAD.

Sinencuentro cuenta una misma historia desde dos lados. La primera parte, «Punto de vista de él», es una secuencia de poemas de Enrique Graciani Constante; la segunda, «Punto de vista de ella», es un texto en prosa de Eloísa Zapata Tinajero. La tesis de esta crítica es que el libro se construye sobre una asimetría deliberada: el verso de él rodea durante más de sesenta páginas un acontecimiento que no termina de nombrar, y la prosa de ella lo cuenta en dos páginas y explica por qué no llegó a ocurrir. La palabra del título designa esa forma de relación, la de dos personas que se tratan durante años sin encontrarse.

El libro empieza por justificar su nombre. En la carta abierta que lo abre, el autor reconoce que la palabra «no está en el diccionario de la Real Academia Española» (p. 7) y la defiende por analogía con desencuentro, citando como antecedente un poema de la escritora ecuatoriana Karla Armas. La misma carta define el género con una fórmula doble que conviene tomar en serio: pide al lector que lea «esta novela corta y las metáforas que la desarrollan» (p. 7). Sinencuentro es, en efecto, un relato que avanza por poemas, y su criterio declarado procede del libro anterior del autor: «La imaginación al poder» (p. 7).

El poema que abre la primera parte describe el método de composición: «Historia hilvanada, / cosida con puntadas / largas, siempre espaciadas.» (p. 9). Las puntadas son piezas de ocasión fechadas a lo largo de varios años: felicitaciones de Navidad y de cumpleaños, cartas a los Reyes Magos, un poema sobre una noche en el patio de «La Parra», otro sobre una tormenta. El hilo aparece a partir de la página 27, cuando un estribillo empieza a encabezar cada poema: «Todo pasó y… no fue nada. / Nada pasó y… fue todo.» (p. 28). Ese par de versos, con su quiasmo y sus puntos suspensivos, convierte las piezas sueltas en estaciones de una misma memoria. Después llegan «¿Cómo terminar la Historia?», el poema narrativo que da título al libro, un juego de cartas entre un lector, el autor y la redacción, y una posdata. La segunda parte, más breve, contiene la prosa de Eloísa Zapata Tinajero y un obituario. Cierran el volumen «El Duende», un epílogo y unas notas que documentan fuentes y alusiones.

La voz de él alterna la confesión con la ironía y no se toma demasiado en serio. El poema dedicado al teléfono móvil empieza con una cita de La verbena de la Paloma y celebra el medio con llaneza: «Gran invento eso del WhatsApp.» (p. 17); termina recomendando brevedad con el dicho sobre el sermón. La misma voz se disculpa de sus limitaciones («No soy buen versificador», p. 50) y convierte el ejercicio en tema cuando enlaza durante dos páginas las rimas en año y tiempo y lo declara: «Jugar con las palabras: año, tiempo.» (p. 42). La destinataria no se nombra nunca. Se la llama Erató, la musa de la poesía amorosa, y la posdata que cierra la primera parte la identifica con el propio oficio de escribir: «Erató. Eres tú: Poesía.» (p. 71).

En lo formal predomina el verso libre de medida variable, con rimas ocasionales y algunas estrofas regulares, como las redondillas de «Un grácil “Escusa”» (p. 36): «Con su complejo creciente, / se va con su compañera / al sueño del que espera. / No desesperes. Valiente.». El recurso que organiza el conjunto es la antítesis, presente ya en el estribillo y repetida en otros poemas: «La realidad será todo un sueño. / El sueño se hará una realidad.» (p. 19). A ella se suman el hipérbaton de sabor arcaizante, los refranes, las canciones populares y las alusiones cinematográficas, como el Casablanca de Bogart trasladado a Sevilla en «Fue bonito» (p. 34). Según las notas, el prólogo se inspira en el poema 17 de La Colmena de Rabindranath Tagore (p. 89).

El universo simbólico se reduce a pocos elementos y casi todos son domésticos. La tormenta es el primero. En la primera parte ocupa un poema narrativo de tres páginas en el que una septuagenaria reza a santa Bárbara mientras pasan los truenos, hasta que el habla local da por terminado el episodio: «Esta tormenta ya va a Carmona.» (p. 22). La línea es el segundo: «La línea no sobrepasar. / A la amistad separas / de un más allá deseado.» (p. 28). El tercero es la lamparilla nocturna en cuya peana el hablante guarda lo recibido: «Su sitio está en la peana / de la lamparilla que cada noche / lucha con mis tinieblas» (p. 30). El poema narrativo «Sinencuentro» cuenta una comida en la que los cuerpos todavía callan, «Los lenguajes corporales / muy escasos, no conforman / un sentimiento intenso.» (p. 48), y un paseo en el que la emoción ya no necesita palabras: «Sentir, nada hay que decir.» (p. 48).

La prosa de Eloísa Zapata Tinajero recoge esos mismos símbolos y los devuelve con otro sentido. La tormenta deja de ser un episodio costumbrista y se convierte en el escenario de la declaración, dentro de un coche, y la línea aparece con las mismas palabras: «Pasar la línea de la amistad para llegar a una mayor intimidad entre ambos.» (pp. 77-78). Lo que en el verso de él eran besos guardados son aquí «mensajes asépticos de whatsapp en los que intenta disimular su interés personal.» (p. 77). La frase es corta, enunciativa, sin metáforas de adorno, y la voz explica lo que el poemario solo deja intuir. Incluso retoma el estribillo de él y lo convierte en prosa: «Nada pasó y pasó tanto. Nada cambió y lo cambió todo.» (p. 78). La razón de la negativa queda dicha con la misma economía: «No, no quiero dejar de ser libre.» (p. 78), y la dedicatoria de la segunda parte la había anticipado: «A ti Mujer / que optas por tu libertad por encima de todo.» (p. 75). El texto no cierra la historia. Termina con preguntas sobre la próxima comida: «¿Asistiré? ¿Asistirá él?» (p. 78).

El libro incorpora además su propia recepción. Tras proponer varios desenlaces posibles, «La Lectora/Lector puede escoger entre los cinco finales expuestos» (p. 45), el autor inventa una carta de un lector que le reprocha haber contado solo su parte: «escribes solo negro sobre blanco, / te comportas como un daltónico.» (p. 63). Siguen la respuesta del autor, que acepta la crítica, y una nota de la redacción que corta la polémica: «Una excepción es solo eso: Una Excepción.» (p. 67). Ese aparato, entre la parodia de la sección de cartas de un periódico y la metaficción, es el puente que lleva a la segunda voz. La imaginación que reclamaba la carta abierta vuelve en el poema narrativo: «¿Relatividad al poder? / No. ¿La Imaginación? ¡Sí!» (p. 49).

Sinencuentro tiene una idea de composición clara y la ejecuta con coherencia: dos géneros y dos voces sobre los mismos hechos, de modo que la segunda corrige a la primera sin anularla. Su principal límite está en la primera parte. Algunas piezas de ocasión, como las felicitaciones navideñas de las páginas 23 y 37, se leen más como saludos que como estaciones del relato y aflojan el hilo, y la versificación es desigual, algo que el propio autor reconoce en el epílogo: «Siempre encuentro problemas, / a la hora de versificar.» (p. 85). Esa irregularidad forma parte, sin embargo, del tono del libro, que prefiere la conversación a la solemnidad. Lo que queda es el contraste entre una voz que guarda cada mensaje y otra que explica por qué no responde, y una palabra inventada que nombra con precisión lo que hay entre ambas.

Crítica realizada por Ana María Olivares

Editor asignado: Ángela de Claudia Soneira