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Entrevista a José Carlos Turrado de la Fuente: «Cien poemas de amor»

En esta entrevista, José Carlos Turrado de la Fuente explica cómo Cien poemas de amor dirige su voz a cien figuras de la mitología y de las Escrituras como perfiles de una sola idea de mujer. Habla del petrarquismo y la poesía provenzal, del montaje de estrofas breves y la rima como poesía del pueblo, de su rechazo a la poesía confesional y narcisista y del lector que imagina para el libro.

José Carlos Turrado de la Fuente, autor de Cien poemas de amor

José Carlos Turrado de la Fuente (Valladolid, 1980) es autor de Cien poemas de amor, poemario publicado por Ediciones Rilke en 2026, en el que cien composiciones se dirigen a diosas, ninfas y mujeres de las Escrituras con estrofas breves de forma fija. En esta entrevista habla de la herencia de Petrarca y de la poesía provenzal, de la rima como poesía del pueblo, de su rechazo a la escritura confesional y de los distintos niveles de lectura del libro.

El primer poema, «Heket», termina su retahíla de invocaciones con el verso «mujer, por siempre igual, siempre distinta». Leído después de recorrer el índice, parece la clave de todo el libro: cien nombres para una sola presencia. ¿Fue esa intuición el punto de partida, o la descubrió cuando ya tenía escrita buena parte de los poemas?

Formaba parte de la concepción del libro, «Heket» fue uno de los primeros poemas que escribí. Yo aprecio la poesía confesional, Lowell, Sexton, Gil de Biedma… son poetas que he leído con fervor y admiración, pero creo que, como todas, es una fórmula que se puede desgastar y se ha desgastado, y que hoy en día se practica indiscriminadamente de manera espuria. Y muy mediocre. El mío es un libro de amor a la mujer en general, y las diversas figuras están presentadas como distintos perfiles de mujer, no como mujeres en concreto. De hecho, era importante la abstracción que aportan diosas, ninfas, matriarcas, etc., porque precisamente no se da en la mujer real, en la que conviven y se combinan simultáneamente muchas maneras de ser mujer. Todas las mujeres tienen muchos de los atributos que simbolizan las figuras mitológicas y religiosas del poemario, no sólo uno.

El yo de estos poemas se presenta muchas veces como un escritor que no está a la altura de su asunto: «Soy muy torpe con la pluma, me equivoco / cada vez que algún epíteto te busco», dice ante Faetusa, y en «Morgana» confiesa: «Con el cálamo soy torpe y con la tinta / no consigo nada más que emborronarme». ¿Cómo se escribe un poema cuyo tema es la dificultad de escribirlo? ¿Esa torpeza declarada nació del propio trabajo de composición o fue desde el principio una máscara elegida?

Yo no diría que sea una máscara. Es un tópico literario que ya se dio en la Antigüedad y que emergió con una fuerza magnífica en la poesía provenzal, proyectándose después en el Renacimiento y el Barroco. Impone una posición muy adecuada para la creación artística, si entendemos que hacemos arte porque nos eleva, que es una lucha en busca de perfeccionamiento, depuración y trascendencia. Eso sólo es posible desde nuestra imperfección, pordiosería, contingencia y pequeñez. Insisto en que no es un poemario confesional, rara vez he practicado ese tipo de escritura, para mí el arte radica en una estilización inherente. En algún libro he dado mi nombre a personajes de ficción, pero en ningún caso lo habría hecho si ese personaje me estuviera representando realmente a mí. El objetivo era la reflexión acerca de cómo interaccionan la ficción y la identidad. Yo no soy un escritor torpe, podría ser mejor, pero los hay peores. La captatio benevolentiae y la religio amoris no forman parte de mi experiencia real de escritura, sólo del texto.

Los poemas no se ajustan a moldes heredados completos, sino que se construyen sumando estrofas breves de forma fija (serventesios, liras, cuartetas, octavas reales) con solo cuatro medidas de verso, entre ellas un dodecasílabo de tres miembros que aparece en una veintena de composiciones. ¿Qué le permite este sistema de montaje que no le daría una forma cerrada? ¿Cómo decide qué combinación de estrofas pide cada figura?

Intentaba que fuera formalmente riguroso, pero a la vez distinto a algunos de mis libros anteriores, en los que la poética de la tradición se presentaba de manera más estricta. Además, a mí me gusta la poesía de tipo cancioneril, muy rítmica, musical y con alternancias. También en nuestros siglos se ha desdeñado la dimensión sonora del verso. Hoy en día (no troquear, medir ni rimar es más fácil) ya no se percibe que el alejamiento de la música y el recitado implica una intelectualización elitista de la labor poética. Es el verso rítmico y rimado el que pertenece al pueblo. En nuestra posmodernidad esa percepción se ha pervertido, hasta llegar a la idea de que es la rima lo elitista. Pero eso no se basa en la realidad histórica, sólo en la pereza, el miedo al rechazo o a hacer el ridículo. Los motivos por los que los poetas actuales ya no riman nada tienen que ver con los que tuvieron Hölderlin, Juan Ramón Jiménez o Paul Celan; de hecho, son más bien los contrarios.

En «Alseides» el hablante anuncia que, renacida, «mi mente surte silvas y sonetos». Sin embargo, el libro no contiene silvas y solo incluye un soneto, «Sirona», y además con estrambote. ¿Es una ironía deliberada? ¿Por qué reservar para un único poema la forma que la tradición asocia con la poesía amorosa en castellano y, aun así, desbordarla con versos añadidos?

Yo he escrito muchas silvas y sonetos a lo largo de mi vida, aunque no aparezcan en este libro. El poeta petrarquista escribe sobre todo silvas y sonetos, y la alusión está relacionada con el petrarquismo, que es una de las fuentes de las que más bebe este poemario. Petrarca está explícitamente citado, los versos en cursiva están directamente extraídos de su Cancionero. Recuperar a Petrarca me pareció imprescindible en nuestro tiempo, porque la importante lucha que está librando el feminismo, que como todo proceso histórico da una de cal y otra de arena, también acarrea consecuencias indeseadas, y una de ellas está siendo un creciente desafecto hacia las mujeres, e incluso, de manera patológica, el desafecto de muchas mujeres hacia sí mismas.

En algún libro suyo precisamente Ortega y Gasset comenta que no siempre existió, ni mucho menos, el amor tal y como hoy en día lo entendemos (y lo estamos empezando a dejar de entender). Petrarca fue sin duda el gran «inventor» en Occidente del amor a la mujer, fijó una idea de que la relación entre hombres y mujeres es, en su estructura profunda, esencialmente espiritual. Es un valor por el que, a mi juicio, merece la pena luchar. Porque está en riesgo.

El libro se abre con unas palabras de Ortega contra el «monótono treno sobre la cultura fracasada y concluida», y la sinopsis pregunta cuándo olvidaron los poetas su principal función social. El poemario recupera, por su parte, el viejo papel del poeta que celebra la belleza ajena. ¿Qué relación ve entre la poesía de elogio de la tradición amorosa y esa función de embellecernos los unos a los otros que reclama el libro?

La poesía, el arte en general, de nuestro tiempo, es abierta e indisimuladamente narcisista. Es un lío macabeo de lo más burdo, casi nadie levanta la liebre no sea que te digan que el narcisista eres tú. La alusión al traje del emperador, tan frecuente, no está logrando que la gente deje de aplaudir al paso del cortejo. Sólo hay que ver la cantidad de personas que escriben libros tan sólo por darse el gustazo de decir que son poetas. Es todo lo contrario a la auténtica vocación poética.

La vocación poética es la que siente un adolescente enamorado de una chica y le escribe versos, forma parte de su pulsión amatoria, se los envíe o no. Clarifica sus sentimientos, se investiga a sí mismo, lo integra todo en sus aspiraciones más profundas. Es la de esa muchacha que no está segura de agradar a sus semejantes y ordena sus miserias e inseguridades a través de la escritura, las ennoblece, se depura, se exorciza, se pule. Es decir, la labor poética verdadera está hecha para el otro o en función del otro, y parte de la debilidad de quien la ejecuta. Hoy en día el panorama está lleno de presumidos y vanidosos. El credo ecuménico de que debemos estar orgullosos (empoderados) de ser quienes decimos que somos (¿qué somos?) está dejando nuestra ética, psicología y estética como un erial. Sonará inocente, aunque es algo que creo que todo el mundo entiende y comparte: al auténtico poeta le importa una higa «triunfar», no se trata de eso en primera instancia, sólo en segunda, cuando pasamos a hablar del interés cultural colectivo, en el que es imprescindible el reconocimiento de quienes mejor saben escribir y no el de los torpes que deterioran la cultura e idiotizan a la población.

Junto a diosas y ninfas aparecen escenas de vida doméstica y campesina: Rebeca usando «la badila / para avivar el fuego del brasero», la mesa «de gachas de cebada con almorta» en «Isabel», el «campo meseteño y castellano» de «Alseides». Sin entrar en lo autobiográfico, ¿de qué manera lo observado y lo vivido se filtra en figuras que proceden de los mitos y de las Escrituras?

Sobre todo las mujeres bíblicas no eran, ni mucho menos, diosas, sino gente humilde que proyectaba su virtud y su grandeza precisamente en los rudimentos de la vida cotidiana. Una corona es un ente material humanizado, igual que unas alpargatas. El valor se lo concede quien los lleva. Por eso era importante que aparecieran también figuras religiosas que, en sentido estricto, no son ficticias; forman un parnaso espiritual y no mitológico. Ese es el gran descubrimiento del cristianismo que lo eleva a otro nivel que las religiones animistas o las basadas en mitos. Es una religión de y para las personas, el Espíritu Santo está en todos nosotros, el pobre y la rica, la guapa y el feo, etc. En la concepción precristiana la belleza llega de fuera, en el cristianismo la belleza es algo que se irradia.

Buena parte de la poesía amorosa que hoy se publica habla en primera persona de una relación concreta y reconocible. Cien poemas de amor dirige su voz a cien figuras de la fábula y del texto sagrado, y da cabida al deseo, a la culpa y también a la violencia, como en «Tamar» o «Herodías». ¿Dónde sitúa este libro dentro de la conversación actual sobre cómo se escribe el amor en verso?

Vuelvo un poco a lo del narcisismo. Nuestras historias personales son imprudente desahogo exhibicionista, terapia y prensa rosa si no hay una voluntad de universalización. Yo diría que a ninguna persona bondadosa y educada le interesan (ni le competen) los entresijos sentimentales de nadie. Eso es una falta de respeto, tanto del que mete las narices como del que larga porque sí. El respeto, otra de las más desgraciadas víctimas de nuestro tiempo. Se ha llegado a esto, en parte, por no saber interpretar la tradición literaria, por ficcionalizar más a los escritores que a sus personajes o voces poéticas. A nadie le sale ya establecer una relación con ellos distinta a la que tendría con un «campeón de poesía» o el ganador de Master Poet, segunda edición. Ya hace más de un cuarto de siglo que se estrenó Gran Hermano y más de veinte años de la irrupción de Facebook, sus efectos son patentes.

Pocos lectores sabrán de antemano quiénes fueron Despena, Limónides, Metanira o Rosmerta. ¿Qué lector imagina para estos poemas: uno que lea con un diccionario de mitología al lado, o uno que se deje llevar por el sonido de los nombres y descubra después la historia que hay detrás?

Hay niveles de lectura. Yo espero que una persona lega en cultura occidental también pueda extraer contenido de los poemas y reflexionar sobre ellos, esa es mi intención. Tiene valores comunes a todo ser humano, entre ellos el ritmo, la estructura, el sonido, y no deja de exponer experiencias y sentimientos universales. Ya comenté que la poesía musical es precisamente la del pueblo y que la poesía sólo conceptual es la que está escrita dejándolo fuera, con un elitismo subyacente. Una persona culta los leerá mejor, pero eso es una perogrullada. Lo que no se entiende, y es algo a lo que nos aproximamos (ya está aquí), es que precisamente la gente culta se quede sin literatura coetánea que llevarse al cerebro.

Pensemos en alguien que nunca ha leído un libro de poesía, o que asocia la rima con algo anticuado. ¿Por qué debería empezar por este? ¿Qué puede encontrar en versos como «el lunes tú me besas, / el jueves me traicionas» que no le dé otro tipo de lectura?

Una persona que nunca ha leído un libro de poesía no tiene que leer este libro, tiene que volver a Primaria y darle una oportunidad a Iriarte. Aunque bueno, no creo tampoco que mi poesía sea tan opaca, por experiencia sé que llega bastante más de lo que se podría presuponer. Entre mis florecitas, ninfas y pajaritos suele haber miserias y cadáveres enterrados, y creo que eso lo entiende todo el mundo. Hay gente que me ha dicho que ha llorado leyendo mis poemas, eso espero (que me disculpen). Esto es técnica poética y teoría estética, sin contraste no hay emoción.

El libro termina con «Clitia» y con un hablante que confiesa «y fino en este irónico estertor». Si un lector abriera el volumen por una sola página, ¿por cuál de las cien figuras le pediría que empezara, y qué debería llevarse de ella antes de seguir leyendo?

No sabría elegir. Quizá no sea el más llamativo, pero a mi juicio el poema más redondo en forma y contenido es «Faetusa». Da muchas claves interpretativas además para el resto. La mujer es grande por sí misma y la esencial receptora del amor de los hombres. Yo soy un hombre heterosexual y por eso escribo mayoritariamente sobre amar a mujeres, porque es mi experiencia; la idea es replicable en cualquier dirección.