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Crítica literaria. La Resistencia, de David García Gutiérrez

Sesenta y ocho poemas en verso libre sobre la invasión de Ucrania y lo que la invasión deja detrás. La Resistencia, quinto libro de David García Gutiérrez, se coloca desde la dedicatoria del lado de quien pierde y no del de quien acusa, y se somete sesenta y ocho veces a la misma prueba: escribir la guerra sin que el poema se convierta en editorial de periódico. El libro gana cuando baja al objeto concreto —una caja azul de chocolates, un vendedor sin harina, una bandura en manos del resistente— y pierde cuando sube al concepto. Desigual y honesto, sabe cuál es su trampa y cae en ella menos veces de las que cabía esperar.

Obra: La Resistencia. Autor: David García Gutiérrez. Editorial: Poesía eres tú. Año: 2026 (primera edición). ISBN: 979-13-87806-50-7. 68 poemas.

David García Gutiérrez (Madrid, 1976) es licenciado en Medicina y Cirugía por la Universidad de La Laguna, especialista en Medicina de Familia y Comunitaria —formación que completó como médico interno residente en Gran Canaria— y doctor en Medicina por la Universidad Complutense de Madrid desde 2021. Ejerce en Madrid. Antes de este libro publicó Las lágrimas de Luzbel, La lírica de una revolución, Dioses de plastilina y Pandemia: con la fragilidad de un beso en la mejilla. Editorial Poesía eres tú publica ahora La Resistencia, sesenta y ocho poemas en verso libre sobre la invasión de Ucrania y lo que la invasión deja detrás. El libro fija su punto de vista antes del primer poema, en la dedicatoria: «A las víctimas silenciosas que sufren y mueren asesinadas en el transcurso de una guerra, sea cual sea su origen o justificación, y para todos los refugiados que se ven obligados a huir sin tener un horizonte de futuro» (p. 7). La cláusula intermedia hace más trabajo del que aparenta: al declarar indiferente el origen o la justificación del conflicto, el autor renuncia de entrada a escribir desde un bando y se coloca del lado de quien pierde, que es una posición distinta de la de quien acusa.

El volumen no está dividido en partes ni lleva rótulos de sección: son sesenta y ocho poemas seguidos, y el orden es la única arquitectura. Ese orden dibuja un recorrido. Los primeros textos cuentan la irrupción —«LA INVASIÓN Z», «CRUZANDO LA FRONTERA», «REFUGIADOS»—; a continuación llega el tramo más duro, el de los crímenes con topónimo y fecha, donde el libro nombra Mariúpol, Bucha, Zaporiyia, Chernóbil, Chernigov y Kramatorsk sin rodeos; después se abre un bloque sobre la maquinaria contemporánea de la guerra, con la ciberguerra, los drones, la desinformación y las sanciones financieras; y el último tercio gira hacia la resistencia civil y hacia una esperanza que el autor se cuida de no convertir en victoria.

El asunto declarado es la guerra. El asunto real, el que sostiene el libro de principio a fin, es otro: la dificultad de escribir sobre la guerra sin que el poema se convierta en editorial de periódico. García Gutiérrez se somete a esa prueba sesenta y ocho veces seguidas, y el resultado es desigual de una manera que conviene describir con precisión, porque la desigualdad tiene una causa identificable y no es la falta de oficio.

El molde es el verso libre breve, de dicción cortada, con versos que muchas veces no pasan de tres o cuatro palabras y que aíslan un sustantivo o un gerundio para que caiga solo. El autor administra ese molde con dos recursos principales. El primero es la anáfora, que aparece en los momentos de mayor tensión y funciona como un latido: «No soy nada. / No tengo nada. / No represento nada. / No soy nadie.» (p. 38); «Defiendo, / la lección del maestro. / Defiendo, / la lección en sus libros.» (p. 83). El segundo es la enumeración, que en «ÚLTIMA HORA: CUATRO AÑOS DE INVASIÓN, EN DIRECTO» se fragmenta hasta hacer del verbo un verso autónomo —«Veo / sangre. / Veo / muertos.» (p. 69)— y reproduce en la página el ritmo entrecortado de un teletipo.

Hay un hallazgo gráfico que merece comentario aparte: la grafía paZ, con zeta mayúscula, para nombrar la paz impuesta por la fuerza. Aparece por primera vez en «NEGOCIACIONES DE PAZ», y ahí es un golpe seco: «¿Y me susurras al oído / que solo quieres negociar la paz? / ¿La paZ? / ¿Con esa pistola en la frente?» (p. 34). La zeta es la Z pintada en los blindados, y el lector la reconoce sin explicación. El recurso reaparece más adelante —en «EL GRAN DICTADOR» (p. 55), en «LA GUERRA INVISIBLE» (p. 63), en «¿PAZ O PAZ?» (p. 81)— y ahí empieza el problema: lo que en la primera aparición era un corte, en la cuarta es una marca reconocible. Un hallazgo tipográfico solo sostiene su filo si se administra con avaricia, y aquí se administra con generosidad.

El sistema de títulos es la otra decisión formal de peso. Muchos son titulares de informativo: identifican la ciudad, el crimen, la fecha. Eso orienta al lector y le ahorra la nota a pie de página, pero tiene un coste: cuando el poema es bueno, el titular sobra; cuando es flojo, lo sostiene desde fuera, y el lector atribuye al texto una carga que en realidad ha puesto el rótulo.

El libro gana cuando baja al objeto concreto y pierde cuando sube al concepto, y la diferencia entre unos poemas y otros se puede medir. En «SEPARADOS POR LA GUERRA», lo que se ha perdido no es la casa, ni la patria, ni la infancia —tres abstracciones disponibles— sino «Los de la caja azul / rellena de chocolates y dulces / para los niños.» (p. 49). El adjetivo azul hace más por la pérdida que cualquier condena. En «COMPRAR EL PAN EN CHERNIGOV», el poema renuncia al adjetivo indignado y se queda con un recado doméstico: «he salido a comprar el pan / y no he vuelto.» (p. 26), y remata con una imagen que desarma toda retórica: «que no tiene harina / para desenterrar a los muertos / y alimentar a los lobos.» (p. 26). Es la mejor página del volumen, y explica de qué es capaz este autor cuando se fía del detalle. En «ÚLTIMA HORA», el espectador se descubre dentro del cuadro: «cambio de canal / y lo que veo, / es mi propia sombra / reflejada en la pantalla.» (p. 69). Eso no es consigna, es un hallazgo.

El reverso está en «EL GRAN DICTADOR», el poema-río central, que ocupa cuatro páginas y convoca a Dostoievski, a Tolstói y a Kandinsky para pensar la figura del tirano. Su primera mitad es notable, y el giro «si León Tolstói / levantase la cabeza, / reescribiría la paZ» (p. 55) tiene filo real, porque plantea qué le queda por reescribir a quien ya escribió el libro sobre esto. Pero el poema se cierra con un programa: «solo fortaleciendo / los lazos de la ciencia, / la investigación, / la innovación, / el desarrollo, / la cultura / y las artes / universales,» (p. 57). Esa enumeración no es un verso, es una recomendación institucional, y llega justo donde el poema necesitaba una imagen. Algo parecido ocurre cuando el vocabulario del noticiario entra sin transformarse: en «LA CIBERGUERRA», los términos técnicos —«Redes neuronales / de reconocimiento vivo, / que vigilan nuestros pasos / en el aprendizaje profundo,» (p. 32)— llegan al verso sin haber pasado por él.

Conviene señalar una veta menos visible y muy del autor. García Gutiérrez es médico, y esa formación no queda en dato biográfico: en «INVASIÓN Y METÁSTASIS» la ocupación militar se lee como enfermedad, con su semiología exacta, «junto al rubor, / el dolor, / el calor, / el tumor, / la impotencia funcional / y el edema,» (p. 50). No es metáfora decorativa, es un modo de conocimiento aplicado a la guerra, y es donde el libro tiene voz propia y no la comparte con nadie.

La aportación más actual del libro no está en el léxico digital, que es su tramo más frágil, sino en la manera de tratar la mediación. La guerra que aquí se escribe llega casi siempre por una pantalla, y el autor convierte esa distancia en asunto en vez de disimularla. El mando a distancia de «ÚLTIMA HORA» y la relectura del mito de la caverna en «FAKE NEWS: LA GRAN GUERRA POR LA DESINFORMACIÓN» apuntan a lo mismo: el problema del lector occidental no es la ignorancia, sino la comodidad de mirar. Y el libro no absuelve a ese lector. En el poema sobre Bucha, el señalamiento es explícito y de primera persona del plural: «Mientras nosotros, / sí, nosotros, / cómplices silenciosos, / consentimos la barbarie.» (p. 22). Esa inclusión del que lee dentro del cuadro es lo que separa este libro de la poesía de solidaridad al uso, que suele reservar para el autor y su público el lugar cómodo del testigo indignado.

La Resistencia pertenece al linaje de la poesía escrita al calor de una guerra en curso, con los riesgos que eso comporta: la urgencia del material contra la lentitud que el poema necesita. El autor los conoce, y la prueba es que el libro evita casi siempre la arenga. Los topónimos elegidos son los que fijaron la memoria internacional del conflicto, y su uso no es documental sino elegíaco: no explican qué pasó, sino qué queda. Hay además un detalle culturalmente preciso en «EL HIMNO DE LA RESISTENCIA», donde el resistente va «Armado / con la Bandura.» (p. 44), el instrumento nacional ucraniano; la resistencia se arma con un laúd, no con un fusil, y esa sustitución resume la ética del libro mejor que cualquier declaración.

Frente a la tradición española de 1936 a 1939, donde el poema de guerra se escribía desde dentro y con función movilizadora, este libro se escribe desde fuera y sin función movilizadora: no llama a filas, no celebra ninguna victoria y no promete ninguna. Y frente a la poesía europea de posguerra que hizo del silencio y la fractura del idioma su procedimiento, García Gutiérrez elige la vía contraria, la de nombrar con claridad. Es una opción legítima y arriesgada: la claridad acerca el poema al lector y lo expone al desgaste del lenguaje común, que es exactamente lo que le ocurre al libro en sus páginas más discursivas. Donde la tradición del siglo XX desconfiaba del lenguaje, este libro desconfía sobre todo del espectador, y esa es su diferencia de fondo.

La poesía de actualidad que circula hoy tiende al poema breve de consumo inmediato, construido sobre una sentencia memorable y una toma de posición legible en tres segundos. La Resistencia comparte con ella la brevedad y la urgencia, pero se separa en dos puntos decisivos. El primero es que no busca el verso citable: sus mejores momentos —la caja azul, el vendedor sin harina— no funcionan fuera del poema que los sostiene. El segundo es la extensión del proyecto: sesenta y ocho poemas obligan a una construcción de conjunto que el poema suelto no necesita, y el libro la tiene, con su arco de la invasión al referéndum por la paz. Donde falla es justamente donde se parece más a esa poesía de urgencia: en los textos que opinan sobre geopolítica en vez de mirar.

Convence la honestidad del planteamiento, que renuncia a la comodidad del bando desde la dedicatoria y la mantiene hasta el final. Convence el oído para el detalle doméstico, que es el instrumento mejor de este autor y el que menos comparte con otros. Convence que el libro sepa reírse: «GEOPOLÍTICA EN LA GRANJA» ejecuta una fábula orwelliana en diecinueve versos y la cierra con un remate que no admite discusión, «En esta granja de cerdos / hasta los zorros / se mueren de hambre.» (p. 67). Y convence el final, que no anuncia ninguna victoria sino lo que uno está dispuesto a sostener mientras tanto: «Defiendo, / una ventana sin dioses. / Defiendo, / una ventana al futuro.» (p. 83). Esa ventana sin dioses es una pequeña insolencia que da al cierre más temperatura de la que tendría un final consolador.

Lo que le falta es poda. Sesenta y ocho poemas son muchos para un asunto único, y una selección más severa habría dejado fuera los textos que repiten el hallazgo de otros —la Z mayúscula agotada, los títulos que hacen el trabajo del poema— y habría dejado en pie un libro más breve y más duro. También se echa en falta más «INVASIÓN Y METÁSTASIS» y menos declaración: cuando este autor mira con ojo clínico tiene una autoridad que no le da ninguna toma de posición.

La Resistencia es un libro desigual y honesto, que sabe cuál es su trampa y cae en ella menos veces de las que cabía esperar. Su mérito no está en la indignación, que su autor comparte con cualquier lector informado, sino en la capacidad de detenerse en un objeto pequeño hasta que el objeto habla: una caja azul de chocolates, un vendedor que no tiene harina, un instrumento de cuerda en manos de quien resiste. Cuando el libro confía en eso, la guerra se ve. Cuando sube al púlpito, se oye la guerra pero ya no se ve a nadie. Quedan suficientes páginas del primer tipo para que este quinto libro merezca leerse entero y para que el lector salga de él sin la coartada del espectador.

Crítica realizada por Ana María Olivares