Obra: El arte de decirnos existí. Autor: Cristian Avecillas Sigüenza. Editorial: Ediciones Rilke. Año: 2026 (primera edición). ISBN: 978-84-18566-75-2. Ocho secciones: seis en verso, una dominada por el poema en prosa y una última formada solo por citas ajenas.
Cristian Avecillas se presenta en la solapa del libro como poeta, cantautor, dramaturgo, gestor y periodista cultural. Entre sus títulos figuran Todos los cadáveres soy yo, galardonado en Casa de las Américas en 2008; Ecce Homo II, Premio Nacional en Ecuador en 2008; Los Tiempos de la Humanidad, galardonado de nuevo en Casa de las Américas en 2013; País es lo que escriben los poetas (Luminosa ediciones, Argentina, 2022); Abrazo entre caníbal y mujer enamorada (Visión Libros, España, 2023) y La Noósfera, la inteligencia humana antes de la inteligencia artificial (Cuadranta Editorial, España, 2024). Fundó el grupo teatral Teatromiento y ha llevado a varios países sus laboratorios de creatividad Todo puede hacerse con poesía. Ese perfil, más próximo al del poeta de escena que al del poeta de gabinete, explica buena parte del libro: su retórica es oral, de letanía y de proclama, y su asunto recurrente es la función pública de la poesía. El volumen está dedicado «a los artistas vascos,» y «a mis amigos de / La Cuarta Mesa;» (p. 7), y cada sección se abre con dos epígrafes que emparejan un nombre poco conocido, probablemente del entorno del autor, con una firma canónica, de Anne Sexton a Szymborska. En el mapa poético, el libro se sitúa en la línea hispanoamericana de la poesía de pensamiento, la que hace del aforismo y la paradoja su unidad, y la cruza con una vocación comunitaria que es el rasgo más personal del autor.
El libro formula una sola pregunta y la sostiene durante cien páginas: para qué sirve la poesía cuando la existencia se ha vuelto difícil. Su respuesta es que decir es una forma de existir. El título condensa la apuesta y el texto la explicita en «Decir el pueblo»: «La belleza de decirnos “existí” es que alguien más pueda decirse.» (p. 53). No es un libro confesional: apenas hay anécdota biográfica, y la persona gramatical dominante es un nosotros. Tampoco es un libro metapoético en el sentido habitual de la sospecha sobre el lenguaje; Avecillas no duda de las palabras, duda de lo que la época hace con las personas. Es, en rigor, una poética en verso. Su epistemología cabe en la coda de «Para sobrevivir»: «es que solo lo que se hace con poesía / se hace realidad.» (p. 31). La realidad, para este libro, no es un dato previo que la poesía representa, sino algo que se produce al nombrarlo y que, sobre todo, se produce entre dos.
Las ocho secciones dibujan un arco nítido. «Sálvate» (pp. 11-31) reúne trece poemas titulados con un infinitivo de finalidad, «Para encontrar», «Para adquirir», «Para resistir», «Para sobrevivir», y cada uno se divide en un cuerpo y una coda numerada que empieza siempre con la fórmula «No es que». «Espíritu y animal» (pp. 33-40) es un solo poema en ocho movimientos. «Decir persona» (pp. 41-54) cambia de registro al poema en prosa y al aforismo. «Vida de artista» (pp. 55-77) vuelve al verso con veintiuna piezas de título abstracto. «Subjetividad objetivada: claridad y tormenta» (pp. 79-88) agrupa ocho poemas escritos sin mayúscula inicial. «Conjuro y excelencia» (pp. 89-93) y «Dejarse decir» (pp. 95-100) son secuencias numeradas, y «Supervivencia poética: materia y gratitud» (pp. 101-106) no contiene un solo verso del autor: son trece pares de citas ajenas.
La lógica de ese orden es un ensanchamiento del sujeto. El libro empieza en el yo que debe salvarse y termina en el tú. «Para ser» lo plantea como problema: «el tú nunca es un tú, / es un atajo.» (p. 26). «Dejarse decir» lo resuelve con una anáfora del pronombre que culmina en «Y aunque no se salve nadie, / en el poema queda escrito tú.» (p. 100). La sección de citas completa el movimiento: después de decir tú, el poeta cede la palabra a otros. Hay además una rima de cierre que hace de la quinta sección una unidad, porque los versos «claro que la perfección existe, / se llama / olvidar.» aparecen en su primer poema (p. 81) y en el último (p. 88). Y el verbo del título reaparece en lugares estratégicos: en el grito de «Telescopio de la fantasía», «Ser artista no es sentirnos acertados y coherentes, es estar gritando “yo existí”.» (p. 52); en el dios de «La realidad», que «recién está diciéndose / existí,» (p. 69); y en la negación invertida de «Lo que dure»: «después no existe más el / ¡no existí!» (p. 85).
El recurso dominante es la anáfora al servicio del aforismo. La primera página la establece con una interrogación sin signos que se repite a lo largo de «Sálvate»: «Qué, sino reinterpretarse es la escritura,» (p. 13). La otra matriz es la enmienda: «No es que leamos porque no nos conocemos, leemos / porque en todo nos reconocemos.» (p. 13). El poema rechaza la explicación esperable y propone otra, y esa manera de pensar por corrección es coherente con un libro que quiere desmontar «lo que nos dijeron que era estar con vida,» (p. 13). En «Espíritu y animal» la unidad es un sustantivo seguido de la palabra alarido, «Anécdota alarido», «Semántica alarido», «Poética alarido» (pp. 35-37), que funciona a la vez como rótulo y como grito. En «Vida de artista» la pregunta abre el poema y la respuesta llega en minúscula, como si hablara otra voz: «¿De qué escribimos? / aunque todas las palabras digan sálvate, / solo en el poema dicen para qué.» (p. 57).
El paralelismo y el quiasmo hacen el resto. «Para gozar» asimila árbol y persona en una serie de pares, «son lo mismo tala y trauma, / son lo mismo quema y trauma.» (p. 19), donde la repetición del segundo término sostiene la idea de que el daño humano y el vegetal se nombran igual. «Lupa del intelecto» se cierra con un quiasmo que depende de una sola letra: «Hay artistas que creen en el alma y hay artistas que crean el alma.» (p. 51). Ninguno de estos recursos es adorno: un libro que sostiene que la realidad se hace al decirla necesita una sintaxis que corrija lo dicho y lo vuelva a decir. Cuando funciona, el aforismo de Avecillas tiene la condensación de la imagen y el filo de la sentencia: «el poema es no matar al ave con la piedra.» (p. 75).
El paisaje del libro es elemental: piedra, árbol, nube, lluvia, luna, orquídea, fuego, campo. Son menos lugares que materias, y su función es dar anclaje físico a un discurso que tiende a la abstracción. La orquídea es la imagen más eficaz porque está bien situada: «cuando todas las orquídeas son de plástico / algo en el instinto dice sálvate.» (p. 35). La temporalidad es la del final inminente, con un fin del mundo nombrado en varios poemas pero vivido sin tono apocalíptico: «Ahora estamos listos para el fin del mundo / porque ya estuvimos solos ante el fin del mundo.» (p. 16). La infancia es el otro tiempo del libro: «es que cuando éramos niños jugábamos la tarde entera / y nadie estaba muerto.» (p. 16).
La tesis que ningún poema enuncia pero todos demuestran es que existir es un acto de habla recíproco: nadie existe del todo hasta que otro lo nombra, y la poesía es el lugar donde ese nombramiento se ejerce. Por eso el título no habla del arte de decir existí, sino del arte de decirnos: el pronombre es plural. «Dejarse decir» lo formula como genealogía: «salimos de ser nadie si nos dicen tú.» (p. 98). El libro se coloca así frente a dos adversarios. Uno es la reducción de la persona a dato, que nombra sin rodeos: «porque ya no somos una especie, / somos una información.» (p. 58). El otro es el yo cerrado, que el libro no suprime pero subordina: «el yo no sirve para hacer una era, / sirve para deshacerla,» (p. 92).
La clave conceptual más sugerente es teológica, y está invertida. Para Avecillas, dios no es el origen sino el resultado: «Quizás no está al inicio, está en el fin,» (p. 68); «Dios recién está creándose,» (p. 69). La poesía, en esa lógica, no es eco de la creación sino uno de sus instrumentos, y por eso «Persona poética» puede afirmar que «No hay poema menor, todo poema es persona desnuda.» (p. 54). El riesgo es evidente: si la poesía hace realidad, el poeta se convierte en demiurgo. Avecillas lo corrige en «Decir y ocasionar»: «En el auténtico poema, no está el poeta: no hay vanidad ahí.» (p. 44), y cierra el texto con la idea que sostiene el libro entero: «porque un poema es el lector siendo el poema.» (p. 44).
En originalidad, el libro no innova en los temas, porque la poesía como salvación y el amor como fundamento son tan antiguos como la lírica, sino en la manera de articularlos en un sistema que va del yo al tú y en una sintaxis reconocible, la de la enmienda y la anáfora. La coherencia es alta: ningún poema se aparta del asunto, y las secciones se distinguen por el registro, no por la materia. El impacto emocional es desigual: intenso donde la idea encuentra una imagen física, bajo donde el poema se limita a declarar. Su contribución al género está en la quinta sección y en «Dejarse decir», donde el aforismo se convierte en canto y la poética abstracta en experiencia del otro.
La limitación principal es la abstracción declarativa sostenida. El libro afirma mucho más de lo que muestra, y cuando el vocabulario se vuelve conceptual el verso pierde temperatura: «más que intimidad, campo magnético, / más que tradición, campo semántico,» (p. 27); «La doxa no se salva, / nosotros tampoco,» (p. 39); «comprendemos huella psíquica,» (p. 63). Le acompaña una segunda debilidad, la exaltación del artista frente a quien no lo es: «es que para quienes no se atreven a la poesía, / el corazón no es más que un trozo de carne asustada.» (p. 14); «los artistas resplandecen / y los pueblos van al resplandor.» (p. 21); «a las personas hay que amarlas y a los artistas, merecerlos.» (p. 53). Esa jerarquía contradice la tesis comunitaria del libro, que en sus mejores páginas sostiene lo contrario, que cualquier persona puede estar en un poema (p. 91). Por último, la fórmula «No es que» de las codas de «Sálvate», repetida trece veces, gana en reconocimiento lo que pierde en sorpresa.
El libro absorbe tres fenómenos del presente. El primero es la automatización: la inteligencia artificial y el algoritmo aparecen en varios poemas, y no como decorado. «El conocimiento» la juzga con dureza, «Aunque la inteligencia artificial sea robar con matemáticas,» (p. 66), y «Felicidad sin parecerse» convierte la queja en ruego: «nos atienda una persona / y no una máquina,» (p. 87). Lo más interesante es que el libro no se limita a oponer poesía y máquina; en «La seducción» se apropia del término: «La poesía es una inteligencia artificial / que se hace más con la emoción / que con la inteligencia,» (p. 67). El segundo es la saturación publicitaria, presente en «la moral publicitada» (p. 47). El tercero es la migración, que asoma en «Dejarse decir», donde «los migrantes dan un paso hacia el amor.» (p. 99).
En el plano literario, El arte de decirnos existí elige no hacer lo que hace buena parte de la poesía de mayor circulación: no cuenta una historia personal, no busca el verso aislable para las redes sociales, no se protege con la ironía. Su linaje está en la poesía de pensamiento hispanoamericana y en la poesía de vocación pública que entiende al poeta como voz de una comunidad, dos tradiciones que rara vez conviven. El coste de esa elección es la exigencia, un libro de ideas sin narración que lo sostenga; la ganancia, una unidad de propósito poco frecuente.
Cinco referencias permiten situar el libro. El punto de contacto más evidente es Roberto Juarroz, cuya Poesía vertical hizo del poema breve de pensamiento, numerado y paradójico, la obra de una vida; Avecillas comparte con él la paradoja como método y la numeración de los fragmentos, y la diferencia es que Juarroz escribe desde un sujeto casi impersonal, sin historia ni comunidad, mientras que Avecillas no concibe el pensamiento poético sin un nosotros. Con Antonio Porchia, a quien el libro cita en su última sección (p. 105), comparte la confianza en el aforismo como forma de verdad; la variación es de escala, porque Porchia reduce la sentencia a su mínima expresión y la deja sola en la página, y Avecillas la expande en letanía y la encadena.
Con Pedro Salinas y La voz a ti debida el elemento compartido es el tú como fundador del yo; la diferencia es de alcance, porque el tú de Salinas es la amada y su ámbito la pareja, y el de Avecillas es el lector, el otro, el pueblo, y su ámbito la especie. Con el creacionismo de Vicente Huidobro comparte la convicción de que el poema no copia la realidad sino que la hace; la variación es decisiva, porque Huidobro coloca al poeta en el lugar de un pequeño dios, y Avecillas, aunque a veces cede a esa tentación, termina por retirar al poeta del poema y entregárselo al lector. Por último, Wislawa Szymborska aparece como epígrafe de «Decir persona» con una frase que podría resumir el libro, «Creo que cada poema lo escriben dos personas.» (p. 41); el elemento compartido es esa idea del poema como encuentro, y la diferencia es de método, porque Szymborska llega a ella por la duda, la ironía y el detalle concreto, y Avecillas por la afirmación y la generalización: donde ella pregunta, él declara.
El arte de decirnos existí es un libro coherente, ambicioso y desigual. Sus virtudes son una tesis sostenida, una arquitectura con sentido y una sintaxis propia; sus mejores piezas, «Para adquirir», «Para resistir», «La salvación», «La exactitud», «Lo que dure» y «Dejarse decir», son aquellas en las que el pensamiento se encarna en una imagen. Sus limitaciones son la abstracción declarativa, la exaltación del artista y la repetición de sus moldes.
Recomiendo especialmente a: lectores de poesía de pensamiento y de aforismo; lectores interesados en la pregunta por la función de la poesía en la época de la inteligencia artificial; y talleres y laboratorios de escritura, por la claridad con que el libro formula una poética que se presta a la discusión.
No lo recomiendo a: quien busque poesía narrativa o anecdótica, con escenas y personajes; quien prefiera la poesía que duda a la que afirma; ni a quien espere un registro intimista, porque el yo de este libro habla casi siempre en plural.
En el panorama de 2026, El arte de decirnos existí ocupa el lugar, poco poblado, de los libros que discuten abiertamente para qué sirve la poesía y responden sin cinismo. Cumple su arco: empieza pidiendo salvación y termina cediendo la palabra a otros. Deja abierta la tensión entre el poeta como demiurgo y el poema sin poeta, que formula en las dos direcciones sin resolverla. La evolución deseable del autor está en la dirección que marcan sus mejores páginas: menos sentencia y más imagen, menos artistas y más personas, que es, por otra parte, lo que el propio libro predica. Su último verso propio lo dice mejor que cualquier resumen: «en el poema queda escrito tú.» (p. 100).
Citas textuales: «No es que leamos porque no nos conocemos, leemos porque en todo nos reconocemos.» (p. 13); «Ahora estamos listos para el fin del mundo porque ya estuvimos solos ante el fin del mundo.» (p. 16); «en poesía como en sueños no se muere nadie.» (p. 18); «el tú nunca es un tú, es un atajo.» (p. 26); «es que solo lo que se hace con poesía se hace realidad.» (p. 31); «El arte no es bello, aúlla lo bello,» (p. 35); «Echamos a perder la tempestad cuando la hacemos explicable.» (p. 44); «Ser artista no es sentirnos acertados y coherentes, es estar gritando “yo existí”.» (p. 52); «Fuimos al paisaje para pedir socorro y el paisaje nos pidió socorro,» (p. 73); «la lluvia que se escribe moja menos, pero la persona escrita se ha mojado más.» (p. 86).
Crítica realizada por Ana María Olivares
Editor asignado: Ángela de Claudia Soneira
