Título: Clitemnestra. Autor: Juan Antonio Muñoz Herrera. Editorial: Editorial Poesía eres tú. Año: 2026. Páginas: 90. ISBN: 979-13-87806-54-5.
Juan Antonio Muñoz Herrera (Santiago de Chile, 1963) llega a la poesía dramática desde una trayectoria larga en el periodismo cultural. Ha escrito sobre teatro, música y ópera en El Mercurio y en revistas especializadas de España (Ópera Actual) e Italia (Opera), recibió el Premio Ernesto Pinto Lagarrigue al Mejor Periodista de Cultura y es decano de la Facultad de Artes de UNIACC. Entre sus libros figuran Un siglo en la escena (1998), Camino a Shakespeare (2021), El deseo junto al aire frío (2019) y Amoroso reproche a las horas (2022), y entre sus obras teatrales, La última noche de Maria Callas (2023), Maria, Mater Dei (2024) y Mi madre, Ana Bolena (2025). Clitemnestra es su obra más reciente de poesía dramática y vuelve sobre una figura femenina que el mito ha juzgado con dureza.
El libro se compone de once cantos puestos en boca de la reina de Micenas. La tesis de esta crítica es sencilla: Muñoz Herrera no reescribe el crimen de Clitemnestra, sino el duelo que lo precede y lo sobrevive, y convierte el mito de los Atridas en el monólogo de una madre que no consigue salir del día en que perdió a su hija.
El ciclo de los Atridas tiene una tradición escénica extensa, y el texto preliminar del volumen, firmado por Mario Hamlet-Metz, la recorre desde Esquilo hasta Yourcenar, Strauss o las versiones contemporáneas. Frente a esas obras, en las que la acción avanza hacia el desenlace, Clitemnestra propone otra cosa, que el propio prologuista resume como la operación de «desplazar la tragedia desde el acontecimiento hacia su supervivencia». La reina habla desde un umbral posterior a todo, cuando los hechos ya se han cumplido y solo queda revisarlos.
La disposición de los cantos responde a esa lógica. Los títulos nombran a personas (Ifigenia, Agamenón, Helena, Egisto, Electra, Crisótemis, Orestes) o a momentos (El regreso, El baño, Las Furias, El final), y cada uno funciona como una estación de la memoria. No hay coro ni narrador: hay una sola conciencia que interpela a los suyos. La única excepción es el diálogo con Egisto al final del canto V, que deja entrar otra voz justo antes del asesinato y le niega cualquier parte en él: «Porque esto no te pertenece.»
El punto de partida del libro es el sacrificio de Ifigenia, y todo lo demás se ordena a partir de esa herida. El primer canto la fija con una imagen que vuelve una y otra vez: «Toda muerte es una boda.» La reina recuerda el engaño de Agamenón, que llevó a la hija al altar con la promesa de un matrimonio, y de ese recuerdo nace la otra criatura que la habitará a partir de entonces. El canto se cierra con la constatación que sostiene el poema entero: «Porque una madre / no vuelve del sacrificio. / Sólo su sombra regresa.»
Desde ese comienzo, el lector sabe que el asesinato de Agamenón no será un clímax, sino una consecuencia. El proyecto de Muñoz Herrera consiste en mostrar que la venganza no resuelve nada y que la sangre, una vez derramada, se reproduce en los hijos. La estructura en once cantos permite ese desarrollo: los primeros reconstruyen la herida, los centrales cuentan el crimen y su vacío, y los últimos se ocupan de lo que queda, de Electra y Crisótemis a Orestes y la muerte de la propia Clitemnestra.
La voz de este libro es la de una mujer que se examina sin pedir absolución. Clitemnestra no se defiende con argumentos, como en Esquilo, ni se presenta solo como víctima. Admite lo que la condena y lo que la redime con el mismo tono. En el canto dedicado a Agamenón reconoce que llegó a admirar al hombre que mató a su primer esposo y se lo explica con una frase que no busca excusas: «Hay amores / que nacen demasiado cerca / del espanto.» Esa franqueza da al monólogo su autoridad.
La voz cambia de destinatario según el canto. A Agamenón le habla de tú, con rencor y con un resto de deslumbramiento; a Helena la defiende frente a los hombres que la culparon de la guerra; a Egisto lo trata con una ternura cansada. En todos los casos el discurso vuelve a la hija muerta, y esa insistencia es la marca de la voz. Cuando se dirige a Orestes, ya en el canto X, Clitemnestra no le reprocha el matricidio; le explica qué mató al matarla, y acaba diciendo: «No te odié. / Ni siquiera entonces.» Antes ha ofrecido una lectura de la casa de los Atridas que resume su visión del linaje: «que los Atridas / no engendran hijos. / Engendran recuerdos.»
Es una voz que piensa en voz alta. Corrige lo que acaba de decir («Helena era hermosa. / No. / Hermosa no.»), se interrumpe, duda, y de esas vacilaciones extrae su verdad. El lector no asiste a un alegato, sino a una conciencia que todavía está intentando comprender lo que le ocurrió.
El verso es libre y muy breve. Muchas líneas tienen una o dos palabras y casi todas terminan en punto, de modo que la sintaxis avanza a golpes y el silencio entre los versos pesa tanto como las palabras. El texto preliminar habla de una sucesión de staccatos, y la imagen es exacta para un autor que conoce el lenguaje musical: el ritmo sugiere respiración entrecortada, espera, sobresalto.
El recurso que organiza ese ritmo es la anáfora. Las series de versos que empiezan igual sirven para acumular, para insistir y, a menudo, para preparar un giro. En el canto de Helena la repetición se vuelve acusación: «Los hombres construyeron Troya. / Los hombres incendiaron Troya.» En el canto de Egisto la letanía de los nombres que no pueden salvarla termina en una distinción que define el libro: «Él podía acompañarme. / Nadie podía salvarme.»
El autor trabaja también con la antítesis y el paralelismo, que le permiten condensar en dos versos lo que otro poeta desarrollaría en una estrofa. La comparación entre las dos hermanas se resuelve así: «Tú seguiste el deseo. / Yo seguí el dolor.» Y en el canto de Orestes la oposición entre lo humano y lo divino se formula con la misma economía: «Porque el odio / pertenece a los hombres. / Pero la obediencia / pertenece a los dioses.»
Hay, por último, una atención a la teatralidad que procede del oficio de dramaturgo. Las preguntas dirigidas al público («¿Comprenden?», «Díganme entonces»), las acotaciones de personaje y el diálogo con Egisto recuerdan que el libro puede leerse y también decirse en escena.
El tema central es la pérdida de un hijo y la imposibilidad de reparar esa pérdida. Todo lo demás (la guerra, la venganza, el adulterio, el matricidio) aparece subordinado a esa ausencia. La reina lo dice con claridad cuando comprende el sentido de su crimen: «que la venganza / era una puerta vacía.» Y lo reitera en el canto de las Furias, donde los fantasmas no son los de la culpa, sino los de la hija que vuelve en sueños: «Los muertos no descansan. / Las madres tampoco.»
El segundo eje es la crítica de la gloria. Muñoz Herrera pone en boca de Clitemnestra una desconfianza radical hacia el discurso heroico, que llama a la gloria «Esa prostituta sagrada» y a los poetas que la celebran «carroñeros». En este punto el libro conversa con la tradición que reescribe: es la madre quien denuncia que la épica se construyó con el cuerpo de una niña.
El universo simbólico se organiza en torno a pocos elementos. La sangre es el primero y se extiende de un canto a otro como una herencia física. El altar es el lugar al que todo regresa. Los pasos pequeños de una niña recorren el libro desde el canto VII hasta el último, donde la reina los oye acercarse sin saber si son reales. Frente a esos signos oscuros, Crisótemis representa la posibilidad de otra vida, y el canto que lleva su nombre termina con una de las imágenes más luminosas del volumen: «Pero buscaba a Crisótemis / y encontraba una lámpara encendida.»
El cierre del libro devuelve todo a su origen. En el último canto, Clitemnestra deja de preguntarse quién tenía razón y recuerda una tarde, un jardín y una niña que corre. La conclusión es tan sencilla como el resto del poema: «Al final / no recordamos las tragedias. / Recordamos la felicidad.»
El canto VI, «EL BAÑO», es el centro del libro y el momento en que el crimen se cumple. Se reproduce completo:
Canto VI. EL BAÑO
CLITEMNESTRA:
El agua descendía
sobre tus hombros,
Agamenón.
Lentamente.
Como la lluvia
sobre una montaña.
Tus ojos estaban cerrados.
No por confianza.
No.
Por cansancio.
Diez años de guerra
pesaban sobre tus párpados.
El vapor subía.
La luz temblaba.
Y por un instante
todo pareció hermoso.
Terriblemente hermoso.
Como las cosas
que están a punto de desaparecer.
Te observé.
Sin moverme.
Sin respirar.
Y pensé:
éste es el hombre.
No el rey.
No el vencedor de Troya.
No el Atrida.
El hombre.
La carne.
La piel.
La criatura mortal.
La misma que un día amé.
Entonces ocurrió.
No afuera.
Dentro de mí.
El baño desapareció.
Las paredes desaparecieron.
La casa desapareció.
Volví a Áulide.
Volví al altar.
Volví a la mañana
en que el mundo se rompió.
Vi a la niña.
Mi hija.
Nuestra hija.
Esperando.
Y detrás de ella
te vi a ti.
Más joven.
Más fuerte.
Más ciego.
Con el cuchillo en la mano.
Dos imágenes.
Un solo hombre.
Dos tiempos.
Una sola herida.
Los años no existen.
Los muertos
siguen ocurriendo.
Ninguna distancia
separa realmente
el crimen
de su castigo.
Levanté la mano.
No temblaba.
Eso fue lo terrible.
No temblaba.
Había temblado durante diez años.
Ahora estaba quieta.
Como una estrella.
Como una sentencia.
Como una piedra
al borde del abismo.
Abriste los ojos.
Y durante un instante
nos miramos.
Nunca sabré lo que viste.
Sorpresa.
Miedo.
Comprensión.
Tal vez nada.
Tal vez ya estabas
muy lejos.
Entonces descendió mi brazo.
Y el tiempo,
que había permanecido inmóvil
durante una década,
volvió a moverse.
Escuché un grito.
O quizás era el mío.
Escuché agua.
Escuché silencio.
Escuché el nombre de Ifigenia
atravesando mi sangre.
Una vez.
Dos veces.
Mil veces.
Y cuando todo terminó
vi el vapor elevarse
hacia las vigas.
Como si el alma de la casa
abandonara lentamente
su cuerpo.
Yo seguía allí.
Tú seguías allí.
Ifigenia seguía ausente.
Incluso la venganza
es una forma del duelo.
Una forma desesperada
de llamar a quienes no regresan.
El poema empieza con una escena de intimidad. Agamenón, recién llegado de Troya, se deja lavar con los ojos cerrados, y Clitemnestra aclara enseguida que no es confianza, sino cansancio. Los primeros versos tienen una lentitud deliberada (el agua, el vapor, la luz que tiembla) y preparan una belleza que la propia voz califica de terrible: «Como las cosas / que están a punto de desaparecer.» La reina mira al rey y lo despoja de sus títulos uno a uno hasta dejarlo en su condición más elemental, y en esa enumeración negativa («No el rey. / No el vencedor de Troya. / No el Atrida.») se oye todavía el amor que hubo.
El giro llega con tres versos mínimos: «Entonces ocurrió. / No afuera. / Dentro de mí.» A partir de ahí el baño se disuelve y la escena se superpone a otra, la de Áulide. El poema funde los dos momentos en una sola imagen, la del padre con el cuchillo y la del marido desnudo, y lo dice con un paralelismo que es el corazón del libro: «Dos imágenes. / Un solo hombre. / Dos tiempos. / Una sola herida.» Para Clitemnestra no hay diez años entre el sacrificio de la hija y el asesinato del padre; hay un único instante que se repite. Por eso afirma: «Los años no existen.»
La segunda mitad del canto describe el crimen sin detalle físico. Lo que interesa al autor es la quietud de la mano, que había temblado durante una década y ahora no tiembla: «No temblaba. / Eso fue lo terrible.» La mirada que cruzan los esposos queda sin explicar, y la voz admite que nunca sabrá qué vio él. Luego el tiempo vuelve a correr y los sonidos se confunden: «Escuché un grito. / O quizás era el mío.» El nombre de Ifigenia atraviesa la escena y el vapor que sube hacia las vigas se convierte en el alma de la casa que se va.
El final no celebra la venganza ni la condena. Constata que nada ha cambiado y que la hija sigue ausente, y propone una lectura del crimen que lo integra en el duelo: «Incluso la venganza / es una forma del duelo.» Es la clave del libro entero. El canto VI muestra que el asesinato de Agamenón no cierra la herida de Áulide, sino que la prolonga, y prepara el desengaño que ocupará los cantos siguientes.
Clitemnestra es un libro coherente en su planteamiento y en su ejecución. Muñoz Herrera elige un mito muy transitado y encuentra en él un ángulo propio: no el de la asesina que se justifica ni el de la víctima que reclama, sino el de la madre que no puede dejar de buscar a su hija. Esa elección da unidad a los once cantos y permite que personajes secundarios en la tradición, como Crisótemis, adquieran un relieve inesperado.
La forma acompaña al propósito. El verso breve y la anáfora sostienen la respiración del monólogo, y la experiencia teatral del autor se nota en la claridad de las escenas y en la manera de dirigir la palabra a un interlocutor presente o ausente. Cabe señalar que la insistencia en ciertos procedimientos, como la serie de frases cortas terminadas en punto, puede resultar reiterativa en una lectura seguida; pero esa reiteración es también la forma del duelo que el libro describe, el retorno obsesivo al mismo punto.
El resultado es una obra que se lee como poema y que pide ser dicha en voz alta. Su mayor logro es haber convertido a una figura que la tradición ha juzgado durante siglos en una conciencia que el lector escucha, entiende y, en ocasiones, acompaña. Clitemnestra deja una pregunta abierta sobre el precio de la gloria y sobre lo que queda de una madre cuando le arrebatan a un hijo, y la responde con una frase que cierra el libro sin estridencia: «Fui la madre de Ifigenia. / Y eso basta.»
Crítica realizada por Ana María Olivares
