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Afectos en tierra herida, de José Escolano Gil: el afecto como medida del daño

Afectos en tierra herida, de José Escolano Gil (Editorial Poesía eres tú, 2026), ordena sus poemas en cuatro secciones, Amor, Desamor, Ecopoesía y Desarmonías vivenciales, y sostiene entre ellas una misma imaginería marina y vegetal. Esta crítica sostiene que el libro funciona como una declaración de principios: el afecto es la medida desde la que se juzga el daño. Analiza la voz, los recursos de repetición y de onomatopeya, el universo simbólico y un poema comentado, «Libre espíritu», y señala los límites de los textos que enuncian la tesis antes de construirla.

Portada de Afectos en tierra herida, de José Escolano Gil

Afectos en tierra herida, de José Escolano Gil, es un libro de poemas de 240 páginas publicado en 2026 por Editorial Poesía eres tú (ISBN 979-13-87806-52-1).

Afectos en tierra herida es un libro de poemas ordenado en cuatro secciones, Amor, Desamor, Ecopoesía y Desarmonías vivenciales, que sigue un movimiento claro: de la intimidad del deseo y de la pérdida hacia la naturaleza amenazada y, por último, hacia la denuncia de la guerra, la pobreza y la corrupción. José Escolano Gil no separa estos territorios con un cambio de voz. Mantiene un vocabulario común, el mar, la luz, los niños, los árboles, y deja que las mismas imágenes sirvan para nombrar el deseo y para nombrar la injusticia. La tesis de esta crítica es que el libro funciona como una sola declaración de principios: el afecto es la medida desde la que se juzga el daño. Esa coherencia es su mayor virtud y también el origen de sus límites, porque cuando la tesis se enuncia antes de que el poema la haya construido el texto pierde la tensión que gana cuando deja trabajar a una imagen.

El proyecto del libro se lee mejor desde su orden que desde cada poema aislado. La primera sección reúne los poemas amorosos, y en ella el mar es el espacio del deseo: «mis olas eran tus refrescantes besos», dice la voz que se imagina mar en «Anoche soñé que era el mar». El desamor, en la segunda sección, no cambia de imaginería: la vacía. Los sonidos sueltos de «Adiós forever» sustituyen a las imágenes, y en «Alejamiento forzoso» el lenguaje se vuelve más sombrío y más abstracto, con versos como «Se hundió en las funestas ciénagas del olvido». La tercera sección, Ecopoesía, desplaza el mar de metáfora del cuerpo a metáfora del mundo: lo que se pierde ya no es una relación, sino un paisaje. «El verde todavía respira» es el verso que resume el tono de esa parte, una constatación breve y sin adorno que admite que el daño aún no es total. La cuarta sección, Desarmonías vivenciales, es la más extensa del libro, ocupa por sí sola más de setenta páginas y es la que más se aleja de la lírica amorosa: guerras, especuladores, oradores, magnates, niños. Allí el poemario adopta con más frecuencia la forma del alegato, y el lector percibe que el proyecto no es el de un cuaderno de estados de ánimo, sino el de un libro que quiere recorrer, en orden, todo lo que el afecto toca y todo lo que lo amenaza. La ambición es clara; la ejecución, como suele ocurrir en los poemarios largos, es desigual.

La voz de Afectos en tierra herida es, sobre todo, una voz que se declara. En la primera parte habla en primera persona del singular y se sitúa dentro de la escena amorosa, como cuerpo que es mar o que recibe al mar. A medida que avanza el libro, el yo se abre a un nosotros: los hermanos, el pueblo, la gente. «Hermanos, no cambiaré una sola hebra» es un verso de «Ecos del viento» que muestra bien ese registro, una interpelación directa a una comunidad de lectores a la que se pide una adhesión. En otros poemas la voz se define por negación y por contraste, como en «Nunca y siempre», que empieza con «Nunca jugué al golf de la nobleza» y se resuelve con una serie de afirmaciones que arrancan con «Pero siempre me estremecí con la paloma». Es una voz que se identifica con las víctimas y que nombra, sin disfraz, a quienes considera responsables. Su dicción es directa y rara vez ambigua. Esa claridad es una decisión coherente con el propósito del libro, pero tiene un coste: el lector sabe casi siempre lo que el poema quiere decir antes de terminarlo, y la sorpresa, que en poesía suele nacer de la distancia entre lo dicho y lo sugerido, queda reservada a los poemas que se atreven a callar una parte.

Predomina el verso libre, con estrofas de extensión variable y con muy poca atención a la rima, aunque hay excepciones deliberadas. «Ecos del viento» arranca con una pareja de versos rimados, «A las tópicas preguntas consabidas» y «respuestas debidamente respondidas», y más adelante vuelve a rimar con «supuesta» e «indigesta», en un juego que parodia el tono de la sentencia. El recurso más reconocible del libro es la repetición. «Sobre la guerra» se organiza con la anáfora «Nunca habrá paz» en cuatro estrofas, cada una con una condición distinta. «El día del libro» lleva el polisíndeton al límite con su enumeración de días conmemorativos, que comienza con «Existe el día del libro y de la rosa» y se corta con un «pero» aislado en una línea. Otra línea de trabajo es la personificación: una hormiga que decide ser libre, una sonrisa sin hogar, una botella en un contenedor, un árbol que espera la sierra. Y hay un poema, «Adiós forever», que lleva el procedimiento al extremo: «Tic, tac, tic, tac, tic, tac» abre una secuencia de onomatopeyas que acaba en las letras sueltas de la palabra «tac». Son recursos sencillos, pero bien elegidos para un libro que quiere ser entendido por lectores no especializados.

Cuatro núcleos sostienen el libro. El primero es el mar, que atraviesa las cuatro secciones y cambia de significado en cada una: deseo, ausencia, paisaje y esperanza. El segundo es la infancia, siempre del lado de la inocencia y siempre amenazada, desde «Alegres niños excavaban sin preocupación» en la sección amorosa hasta «Qué bueno sería contemplar al niño», en un poema de la parte final que imagina al niño ya adulto liberando a otras víctimas. El tercero es la naturaleza como cuerpo herido, con el fuego como imagen principal, en versos como «no han conseguido abrasarlo». El cuarto es el poder, representado por figuras sin nombre que calculan, especulan o pronuncian discursos. «Se sentó delante de su ordenador» abre un poema que presenta a uno de esos personajes calculando misiles y beneficios, y lo hace con una sencillez de relato que resulta más eficaz que muchas denuncias abstractas. Frente a todo ello aparece la esperanza como contrapeso, a veces en forma de imagen, como en «Pasea la esperanza con zapatos nuevos», y a veces en forma de proclama. El universo simbólico es reducido y consistente, y esa economía de imágenes da unidad a un volumen de más de doscientas páginas.

Libre espíritu

Quiso probar su espíritu viajero,
atada hormiga a la cadena establecida
y decidió correr firme por diferentes
senderos de copiosas flores.

Eligió ser diferente, ser libre,
sin importarle lo pequeña que era,
sus sueños conformaban su gran grandeza,
su valentía atesoraba fuerza desconocida.

Viendo tan minúscula criatura
que sus patas se elevaban,
disfrutaba de la presencia
compartida del glorioso vuelo
de solidarias gaviotas y blancas águilas
que su planeo imponente le ofrecían,
invitándola a alzar su vuelo.

Las altas nubes de la razón y sentimientos
cobijaron con ternura su epopeya lograda
y vio la verdadera luz en las alturas conquistadas.

El poema se organiza en tres movimientos. El primero presenta la situación: una hormiga «atada» a una «cadena establecida», es decir, un individuo pequeño sujeto a un orden que no ha elegido. El segundo es la decisión, condensada en «Eligió ser diferente, ser libre»: el poema no explica el motivo, solo registra el acto, y lo respalda con dos versos que invierten la escala, «sus sueños conformaban su gran grandeza» y la valentía que «atesoraba fuerza desconocida». El tercero es el ascenso, y aquí está el rasgo más singular: las patas que se elevan, las gaviotas y las águilas que ofrecen su planeo y las nubes que «cobijaron con ternura su epopeya lograda». La fábula funciona sin necesidad de moraleja, porque el último verso, «y vio la verdadera luz en las alturas conquistadas», es también el más largo del poema, y esa extensión funciona como un ascenso en el ritmo. Se pueden proponer varias lecturas: la emancipación personal, la del pueblo que el libro menciona en otros poemas o la del propio poeta que escribe contra la corriente. El poema las admite todas, porque no cierra el sentido. Mantiene además la tercera persona de principio a fin, y esa distancia le sienta bien: lejos del alegato, la imagen trabaja sola.

Afectos en tierra herida es un libro de convicciones, y sus mejores páginas son las que dejan que esas convicciones se conviertan en imagen. La estructura en cuatro secciones está bien pensada, la imaginería marina y vegetal da continuidad a un volumen extenso y los poemas que se apoyan en un solo recurso, la anáfora de «Sobre la guerra» o la fábula de «Libre espíritu», alcanzan una claridad que el resto del conjunto no siempre mantiene. Entre los reparos, hay textos de la última sección en los que la voz enumera adjetivos y abstracciones en lugar de construir una escena, y una cierta tendencia a explicar lo que el poema ya ha mostrado. Pero esos reparos no desdibujan el propósito. José Escolano Gil escribe desde la convicción de que el poema puede ser a la vez un gesto íntimo y una toma de posición, y lo hace con una constancia que da al libro identidad. Es una lectura recomendable para quien busque poesía de afecto y de conciencia cívica en un mismo volumen, y para quien quiera ver cómo una misma imaginería puede servir al amor y a la denuncia.

Crítica realizada por Ana María Olivares

Editor asignado: Ángela de Claudia Soneira

Más sobre el libro, con cinco poemas y dónde comprarlo: Afectos en tierra herida, de José Escolano Gil (Editorial Poesía eres tú, 2026).