El Ateneo Republicano de Vallekas acogió la presentación de Job en Gaza, el poemario de Juan Argelina. Quien abrió el acto recordó que no era la primera vez que presentaba al autor, al que definió como profesor, poeta, escritor, fotógrafo y pintor, doctor en Geografía e Historia y viajero por África, y resumió el libro como una relectura del libro bíblico de Job para contar el sufrimiento del pueblo palestino. Cerró su intervención con una petición: «no nos olvidemos de Palestina».
Job, el insumiso
Argelina empezó explicando por qué eligió a Job. La tradición lo asocia con la paciencia, pero él lo lee de otra manera: «para mí Job es sobre todo insumisión». Es, dijo, quizá el único libro de la Biblia que permite discutir la propia figura de Dios, porque Job le interroga y le pide cuentas por un dolor que no merece. En el poemario esa figura de Dios tiene un sentido preciso: «cuando yo me refiero a Dios en el libro, me refiero al poder, a las instituciones», a quienes desde ellas infligen terror a un pueblo.
El autor repasó la apuesta con la que arranca el relato bíblico y la cadena de desgracias que cae sobre Job: la enfermedad, la pérdida de la casa y de la familia, el abandono de los amigos. En vez de maldecir a Dios, Job le cuestiona. Argelina situó ese gesto en una tradición literaria que pasa por Kafka y por el Josef K. de El proceso, acusado sin motivo ante una justicia cuyas puertas nunca se abren, y lo extendió al presente: «somos Job todos», también quienes sufren leyes injustas o son desahuciados de sus casas.
De Beirut a Gaza
La idea del libro tiene un origen anterior a la guerra actual. Argelina contó que estuvo en el Líbano y en Siria, que conoció a palestinos expulsados de sus casas y que en 2006 vio los barrios del sur de Beirut arrasados por los bombardeos israelíes, algo que hoy lee como una premonición de lo ocurrido en Gaza. Entonces escribió unos primeros textos, Job en Beirut, que publicó en su blog. Antes de entrar en los poemas dedicó unos minutos a situar el conflicto desde la Nakba de 1948.
Ocho partes y una pregunta
El libro está dividido en ocho partes que siguen la estructura del texto bíblico. Los poemas no llevan título propio: toman el del capítulo al que pertenecen. Argelina procuró conservar el estilo del original para que su sentido no se diluyera, aunque cambió el carácter del protagonista para poner por delante la negativa a ceder. Entre parte y parte intercaló fragmentos en prosa sobre su experiencia en Beirut y sobre personas judías que ha conocido en España, una reflexión sobre la identidad y sobre lo absurdo de separar a las comunidades.
Tras las primeras partes, dedicadas al daño causado, el poemario se ocupa del lenguaje y del discurso, y de una pregunta que atraviesa el libro: quién contará la historia de Gaza después de su destrucción. Argelina habló de la deshumanización como rasgo de los estados coloniales y de la destrucción de escuelas, hospitales y de la universidad de Gaza: «no solo han silenciado a los palestinos, sino que han robado sus raíces». También señaló el riesgo de acostumbrarse al dolor ajeno, y recordó que su editor le pidió que se diera prisa en publicar antes de que Gaza dejara de ser noticia.
La semilla y Troya
Hacia el final, los poemas hablan de la semilla, que el autor sitúa en los supervivientes y en quienes pueden contar una historia distinta de la que cuenta el poder. Los dos últimos poemas están dedicados a Troya. Argelina lo explicó así: la cultura occidental se apoya en la tradición judeocristiana y en la grecolatina, y la primera obra de esta última, la Ilíada, cuenta la destrucción de una ciudad. Los vencedores de Troya, recordó, acabaron castigados por su soberbia, y está convencido de que lo mismo les ocurrirá a estos vencedores.
Antes de leer, vinculó el capítulo «El juicio de los hombres» con un desahucio reciente y con la costumbre de culpar al desahuciado, igual que al pueblo palestino se le ha exigido justificar su presencia en su propia tierra. La presentación terminó con la lectura de uno de los poemas: «Si callase me moriría porque el silencio es muerte y la palabra, aunque rota, es vida. Así lo aprendí en Gaza, donde los gritos sostienen a los vivos y el recuerdo de los muertos se convierte en murmullo perpetuo. Callar sería darle la razón al adversario, ser cómplice del poder que sacrificas. Hablar, aunque sea en ceniza, es resistir».
Más información sobre el autor y el libro en la web de Juan Argelina en Nuestros Escritores.
