Cinco poemas de Caminantes
Caminantes (Poemas del duelo y la memoria), de Isabel Martín Grande, recorre en treinta y seis poemas el itinerario completo del duelo: el encuentro, la plenitud y la despedida que se transforma en memoria. Para asomarse a este poemario hemos elegido cinco textos que funcionan como puertas de entrada: uno abre el libro, otro muestra su emoción más desnuda, otro su mayor libertad verbal, otro su arquitectura circular y el último su idea central, la de una ausencia que sigue siendo presencia. Conoce a la autora y su obra en https://nuestrosescritores.com/isabel-martin-grande/
El umbral del medio día Poema de apertura
Y
me buscaste
en los libros: El amarillo
y el de las caras.
Donde en silencio yo era líneas esperadas.
Me encontraste
al final del día,
cuando la tarde se acaba.
Y
me hablaste,
repasando el destino
del pasado que pasaba
como agua malgastada,
peinándonos las risas, los recuerdos y las canas.
Y
aquí estamos:
rompiendo rutinas rancias,
sintiendo viva la vida,
reviviéndonos en palabras
dulces, amargas y amadas.
El poema que abre el libro funda el «nosotros» sobre el que se levantará todo el duelo posterior. La anáfora «Y», aislada como un latido, enlaza los tres momentos del encuentro: buscar, hablar, estar.
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La luz en voz baja Emoción directa
Busco el reflejo en el azogue
pero encuentro solo tu luz:
la que desprendía el vaho de mi nombre
cuando lo pronunciabas en voz baja.
Mis miedos se deshacían
como sal en el agua.
En ese cristal de pulso limpio
donde la niebla se despejaba
al fondo de tu mirada.
Éramos dos espejos fluyendo;
no proyectábamos la sombra de lo que fuimos,
sino lo que estábamos siendo:
dos vidas ya sin costra ni distancia.
La soledad se torna un óxido muerto
que ningún viento persigue,
porque tu pupila me alcanza
y en su centro, mi peso ya descansa.
El poema condensa la idea del otro como espejo donde reconocerse. La imagen mineral —«La soledad se torna un óxido muerto»— muestra el modo en que la autora da cuerpo físico a la emoción.
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Caligrafía del gozo Técnica singular
Si me escribes, Amor,
por favor, recuerda
que el sufrimiento
es punto y aparte.
Está en otro renglón
y nunca va, conmigo.
Si me escribes, Amor,
no uses venenosa tinta,
esa enredadera
que asfixia el papel
con culpas del ayer.
Ni orles apegos innecesarios
en la caligrafía del dolor,
que jamás va conmigo.
Si me escribes, Amor,
hazlo con Mayúsculas:
libres, gloriosas, ridículas.
Sin reglas ni líneas,
con la música suntuosa
de tu algarabía y sinrazón.
Si me escribes, Amor,
usa colores: ensalada gozosa
desde la cocina de tu corazón.
Firmado con tu nombre de hombre,
empezando por la A
y acabando, conmigo.
Si me escribes, Amor,
¡toda la vida
te estaré leyendo!
Estructurado sobre la anáfora «Si me escribes, Amor», el poema convierte la escritura misma en metáfora del amor: una caligrafía libre, en mayúsculas y a color, frente a la «venenosa tinta» de la culpa.
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La orilla quieta Arquitectura circular
En la orilla quieta
del tiempo perdido,
miro, miro y miro:
en tus recovecos,
el río.
Y soy faro luminoso
oteando halcones dibujados en el horizonte;
nostálgico sueño bravío de un océano glorioso,
dueño de mis días con sus noches.
Y soy inmóvil roca
en mi eterno aquí y ahora,
ajena al fluir fugaz
del ocaso y de la aurora.
Anclada al destino elegido,
permanezco por si resucitas reconstruido.
En la orilla quieta
del tiempo perdido,
miro, miro y miro,
en tus recovecos,
el río esquivo.
Modelo de la estructura circular que recorre el libro: el poema abre y cierra con el mismo verso, y solo el adjetivo final —«el río esquivo»— delata lo que ha cambiado. La voz se fija como faro y roca frente al fluir del tiempo.
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El instante gigante Tema central
En tu ausencia,
sigues siendo presencia.
En esos ratos velados,
llenos de ti en mi memoria.
Ratos perdidos en la historia,
sujetos a nebulosas quimeras.
En ese instante,
gigante, huérfano, zozobrante
en mi marea;
instante cálido
que es ya presente,
escurriéndose por la arena.
En ese segundo inmenso,
misterio herido en su batalla contra el olvido.
Segundo oscuro
que anhela el rayo del universo entero por bandera.
En esos ratos.
En ese instante.
En ese segundo.
Lo único que existe
es que, en tu ausencia,
sigues siendo presencia.
Aquí se enuncia la tesis del poemario: «En tu ausencia, / sigues siendo presencia». El poema, también circular, reduce el tiempo del duelo a un instante que lo contiene todo y afirma, contra el olvido, la permanencia de lo amado.
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Estos cinco poemas son solo el umbral. Caminantes (Poemas del duelo y la memoria), de Isabel Martín Grande (Editorial Poesía eres tú, 2026, 72 páginas, ISBN 979-13-87806-37-8), espera al lector completo. Adquiérelo y acompaña a la autora en https://nuestrosescritores.com/isabel-martin-grande/