Título: EL HILO HISPANOAMERICANO

Autor: FRANCISCO MUÑOZ-MARTÍN

Año de Publicación: 2026

Editorial: Editorial Poesía eres tú

 

ISBN: 979-13-87806-47-7

 

PVP: 16 Euros (IVA Incluido). Puedes adquirir el libro en tu librería habitual y en nuestras librerías en internet.

 

Pags. 306

 

 

RESEÑA:

¿Puede la poesía contar la historia de un continente sin renunciar al rigor ni a la emoción? El Hilo Hispanoamericano propone un viaje literario y musical por diecinueve pueblos y naciones del mundo hispánico —dieciocho Estados soberanos y Puerto Rico— donde la memoria histórica, la identidad cultural y la belleza del lenguaje se entrelazan como los hilos de un gran telar compartido.

A través de una propuesta original que el autor denomina Versolumen, cada país es presentado mediante una síntesis histórica rigurosa y un extenso poema que transforma los grandes acontecimientos, los paisajes, las voces indígenas, el mestizaje, las luchas por la libertad, las tradiciones y los desafíos contemporáneos en imágenes de intensa fuerza poética. La lectura se enriquece, además, con canciones originales accesibles mediante códigos QR, convirtiendo el libro en una experiencia artística que une palabra, música y memoria.

Lejos de ofrecer una visión simplificada o partidista, esta obra invita al diálogo, al conocimiento y al reconocimiento mutuo. Es un homenaje a la diversidad de Hispanoamérica, a la lengua española como patrimonio compartido y a la extraordinaria capacidad de sus pueblos para convertir la historia —con sus luces y sus heridas— en cultura, esperanza y futuro.

Porque ningún pueblo se comprende aislado. Todos formamos parte de la misma urdimbre humana.

 

 

BIOGRAFÍA

Francisco Muñoz-Martín es un destacado psicólogo clínico y social, psicoanalista miembro titular de IPA, EPF y APM, escritor y músico español, miembro de la Academia de Música de España y de la SGAE, con más de cinco décadas de trayectoria profesional. Es autor de numerosos artículos científicos y de más de una docena de libros. Entre sus obras más destacadas, alguna traducida a seis lenguas extranjeras, figuran: Su Majestad el Niño; Los príncipes del hogar; Genealogía de la infancia; La mente escindida; Narcisismo, fanatismo e ideales del Yo, y en el ámbito poético El espejo de Venus; La órbita del deseo: una danza eterna; El Hilo Azul: Europa en verso (Editorial Poesía eres tú, 2025) y El Hilo Ibérico: Tapiz de culturas (Editorial Poesía eres tú, 2025).

El Hilo Hispanoamericano: urdimbre de un telar humano cierra la trilogía que abrió El Hilo Azul, dedicado a Europa, y continuó El Hilo Ibérico, dedicado a España. En ella el autor fusiona su comprensión de la psique humana con una sensibilidad poética excepcional y lleva hasta el otro lado del Atlántico su propuesta de escritura, el Versolumen, que une investigación documental, síntesis narrativa y lenguaje poético para iluminar mediante el verso los procesos históricos y humanos que la crónica se limita a enumerar.

El poemario recorre diecinueve pueblos y naciones del espacio hispanoamericano —dieciocho Estados soberanos y Puerto Rico— y acompaña cada uno de ellos con una introducción histórica y con una canción de letra y música del propio autor, accesible mediante códigos QR, de modo que el libro puede además escucharse.

 

El Hilo Hispanoamericano cierra una trilogía que había ido estrechando el foco desde Europa hasta España y lo abre ahora, de golpe, a diecinueve países: un gesto de ambición poco frecuente en la poesía española reciente.

Francisco Muñoz-Martín no se limita a versificar la historia; la somete a la operación que él llama Versolumen —investigación documental, síntesis narrativa y lenguaje poético en un mismo movimiento—, y aquí alcanza su forma más madura: el dato se vuelve imagen sin perder exactitud, y la crónica se vuelve canto sin convertirse en consigna.

Su mayor acierto es de tono. El libro recorre conquistas, dictaduras, exilios y deudas sin repartir sentencias, y deja que cada país conserve su hebra propia dentro del telar: «no borrar para decir, / no poseer para nombrar, / no idealizar para amar».

Es un poemario que se lee como un mapa y se escucha como un cancionero, y que sostiene, verso a verso, una idea nada retórica: que ningún pueblo se comprende aislado.

Cinco poemas de EL HILO HISPANOAMERICANO

FRANCISCO MUÑOZ-MARTÍN · Editorial Poesía eres tú, 2026

 

El Hilo Hispanoamericano: Urdimbre de un telar humano cierra la trilogía que Francisco Muñoz-Martín abrió con El Hilo Azul, dedicado a Europa, y continuó con El Hilo Ibérico, dedicado a España. El libro recorre diecinueve pueblos y naciones del mundo hispánico —dieciocho Estados soberanos y Puerto Rico—, cada uno precedido de una entrada histórica y acompañado de una canción de letra y música del propio autor, accesible mediante código QR.

Estos cinco poemas, elegidos por su carácter representativo, ofrecen una primera entrada al conjunto: el prólogo que fija el método, México y Cuba como cabeceras de Mesoamérica y del Caribe, Chile como extremo austral y el epílogo en el que se reúnen todas las voces.

Más información en https://nuestrosescritores.com/franciscomunozmartin/

 

1. El Hilo Hispanoamericano

(Prólogo — la imagen del telar que ordena todo el libro)

 

Abrimos el telar.

La aguja aún tibia del Hilo Azul
convoca el rumor
de las olas del mar,
y el Hilo Ibérico
llega con salmos
de península y sierras.

Aquí, entre ambos,
nace un tercer hilo:
un puente que cruza dos océanos
y muchos siglos.
No venimos a dictar sentencia.

Venimos a escuchar.

A oír cómo respiran las montañas,
cómo conversa el maíz con la lluvia,
cómo las ciudades
desatan sus nudos de neón.
Este libro es un río atado
a su propia corriente:
hablan las ceibas y los tepuyes,
la pampa que silba horizontes,
los volcanes que hierven paciencia,
el desierto que escribe con luz.
Hablan también las lenguas que se tocan:
español con heridas y milagros,
náhuatl que nombra la flor en la piedra,
quechua y aymara como cuerda de altura,
guaraní que dice casa con sombra líquida
mapudungun que late bajo la araucaria,
taíno que recuerda islas en las conchas.
Y el tambor que vino encadenado…
y se quedó a soltar cadenas con música.
No seremos museo de fechas,
pero habrá fechas que arden.

Habrá espadas, claustros, virreinatos,
barcos que trajeron hambre y pan,
y el grito—a veces campana, a veces volcán—
que dijo independencia con la boca llena de polvo.
Habrá repúblicas recién nacidas
aprendiendo a caminar entre caudillos;
habrá manos que reparten la tierra y otras que la cercan;
habrá ciudades que se visten de futuro
y amanecen con los bolsillos rotos.
Escucharás los metales:
plata en la mina, cobre en la entraña,
y un petróleo que a veces encendió la noche
y a veces la estranguló.

Verás banderas que se doblan y se abren,
plebiscitos como panes calientes,
constituciones como puentes de vidrio.
Pero no todo será una herida.

Hay pan que se comparte en la plaza,
mate que empuja palabras,
pupusas redondas como lunas domésticas,
café que madruga en los Andes,
cacao que endulza la memoria,
y un ceviche que cura mediodías de sal.
Oirás marimbas, quenas, charangos,
bandoneones que arreglan la lluvia,
joropos que galopan sabanas,
candombes que afinan febrero,
sones que doblan esquinas,
y una bachata que enciende ventanas.
Este prólogo no firma un mapa: lo propone.

Que cada poema sea un puerto,
una canoa en el estero,
un tren que cose costa y sierra,
un cóndor, un colibrí, una guara,
una palabra que llega donde el Estado no alcanza.
Prometemos sólo esto:
no borrar para decir,
no poseer para nombrar,
no idealizar para amar.
Si en el Hilo Azul
el mar abrió caminos,
y en el Hilo Ibérico
la península desató memorias…

en este Hilo Hispanoamericano
la urdimbre es de muchas manos.

Los nudos son historia;
la trama, sobrevivir cantando.
Pasen.
Tomen asiento en la orilla.

El telar ya vibra:
el hilo está tensado,
la voz, despierta.
Que empiece la costura de los países.

Que cada verso aprenda a ser frontera abierta.

 

El prólogo funciona como declaración de método. Antes de nombrar un solo país, el poema fija las reglas del libro —«no borrar para decir, / no poseer para nombrar, / no idealizar para amar»— y enumera lo que vendrá: lenguas que se tocan, metales, comidas, músicas y heridas. La imagen del telar, heredada de los dos volúmenes anteriores, deja de ser adorno y pasa a ser estructura: cada país será una hebra y ninguna basta por sí sola.

 

 

2. México (Tierra del águila y el nopal)

(Versolumen — cinco siglos de historia mexicana en una sola respiración)

A Octavio Paz, cuya palabra hizo dialogar a México consigo mismo y con el mundo.

 

Raíces milenarias
se hunden profundas
en esta tierra.
Colosos de piedra
sueñan en la jungla,
rostros de misterio
en calma ancestral.
Los pueblos antiguos
aprendieron el maíz y el tiempo;
y en Mesoamérica, como constelaciones,
alzaron nombres de barro y jade.
Los mayas
tejieron calendarios con estrellas,
levantaron ciudades que desafiaban la selva
y escucharon, pacientemente, el pulso del cielo.
En un lago mítico
un águila devoró a la serpiente:
señal —ficción y brújula—
de una ciudad sagrada.
Llegaron velas del oriente,
no dioses: hombres de ambición y corona,
con pólvora —truenos en las manos—
y aceros que partían la tarde.
La gran Tenochtitlan cayó;
su imperio de sol
se volvió ceniza
bajo la cruz y la espada.
La tierra se llamó Nueva España,
joya colonial de un imperio distante.
Tres siglos de encomiendas y misiones,
plata y oro zarpando en galeones.
Iglesias sobre templos heridos;
y del choque de mundos,
de lenguas y sangres,
nació un pueblo mestizo.
La campana de Dolores Hidalgo
tronó en la noche:
un grito encendiendo la libertad,
un río de voces contra el destino.
Once años de sangre y fuego,
y al fin, en mil ochocientos veintiuno,
el águila rompió sus cadenas
y aprendió a caminar con nombre propio.
La guerra con el gigante de las barras y estrellas
mordió el mapa:
más de la mitad -cincuenta y cinco por ciento-
se fue como un río arrancado de raíz.
Y Francia volvió con corona en mano:
Napoleón tercero movió los hilos,
y trajo a Maximiliano de Habsburgo,
austriaco —no francés—, emperador fugaz.
Pero la patria resistió:
derribó el trono extranjero,
y en Querétaro se apagó la farsa
mientras la república regresaba.
Bajo Porfirio Díaz,
el país durmió en una paz de hierro.
Ferrocarriles surcaron la tierra
como venas de acero,
mientras el pueblo callaba.
La modernidad floreció en las ciudades,
mas la libertad dormía bajo candado.
Y la tierra tembló:
un volcán de revolución estalló
tras la larga quietud.
En el sur, un campesino gritó:
“¡Tierra y Libertad!”,
sembrando justicia con su lucha.
En el norte, un caudillo galopó
como centauro de fuego,
llevando la rebelión en sus riendas.
La Revolución barrió al país
en torbellino de sangre y esperanza;
de sus brasas nació un México nuevo:
tierra, escuela, horizonte.
La Revolución se volvió gobierno;
y un partido hegemónico tomó las riendas:
no una sola bandera,
pero sí una sola casa mandando la calle
durante décadas.
La larga noche se resquebrajó:
en el dos mil llegó la alternancia,
y el poder aprendió a escucharse
con más de una voz.
Y andando el siglo,
nuevas voces ocuparon la plaza,
reaparecieron antiguas promesas
y el país volvió a preguntarse
cómo acercar la justicia
a quienes seguían esperando.
Pero la violencia del narco,
hidra de mil cabezas,
aún acechaba desde las sombras.
La corrupción echaba raíces venenosas
en los cimientos de la patria.
La pobreza persistía:
flor marchita
al pie de relucientes rascacielos.
Sin embargo, México sigue en pie,
ardiente de vida y memoria.
La sangre ancestral
palpita en su corazón mestizo,
recordándole su fuerza milenaria.
Cada amanecer
baña de oro pirámides antiguas
y corona los volcanes.
Un pueblo orgulloso
se yergue bajo el símbolo
del águila y la serpiente.
Con la esperanza por bandera,
emprende el vuelo hacia el mañana.

 

El poema comprime milenios en un solo aliento, de los olmecas al narco, sin que la síntesis histórica ahogue la imagen. Los hallazgos verbales sostienen el recorrido —«Los mayas / tejieron calendarios con estrellas»; «La pobreza persistía: / flor marchita / al pie de relucientes rascacielos»— y el águila que abre el poema como signo fundacional lo cierra como emblema de futuro. Es el mejor ejemplo de lo que el autor llama Versolumen: el dato histórico convertido en luz y no en nota a pie de página.

 

 

3. Cuba

(El Caribe: azúcar, tambor y cicatriz)

A José Martí, poeta y conciencia de Cuba.

 

Isla que flota en un vaso de sal,
taínos -y el silencio más antiguo del occidente-
como huellas de espuma,
palmas que conversan con el sol.
Al final de un siglo que abrió el mapa,
se alzó un párpado azul:
el mar trajo cruces y cuchillos,
y el azúcar aprendió a mandar.
Plantación: latido encadenado.
Tambor bajo la noche,
un grito que se volvió canto.
Bastión de caña y cañones:
la bahía midió la sombra de un imperio,
y La Habana guardó llaves de océano.
Luego, la manigua ardió largo:
diez años de fuego sostenido,
machete escribiendo en la hierba,
y Martí soñando bandera en la herida.
Después, la tea volvió a encenderse:
el monte se llenó de nombres,
y la patria se afiló en voz de poeta.
Y entonces el mapa se inclinó:
guerra breve, cambio de amo;
la isla aprendió otra gramática.
Tras la ocupación, nació una república a medio aire:
una cláusula vigilaba las ventanas,
y la soberanía tosió en un pañuelo.
El azúcar subió como espuma dorada,
pero la política se pudría en el barril:
los dados rodaron en los ministerios.
A mitad del siglo, un golpe clavó la mesa:
Batista vistió la noche de decreto,
la miseria mordió sin hacer ruido.
Una madrugada de enero,
la Sierra bajó hecha relámpagos;
La Habana abrió un balcón de júbilo.
Se alineó el norte con otro norte,
y la palabra “socialista”
se tensó como cuerda entre dos mundos.
Llegó un abril que no entró por la playa:
el oleaje devolvió el intento,
y Bahía de Cochinos se quedó con su nombre.

Luego, el embargo:
muro de humo, barcos que no llegan,
ventanas mirando al vacío.
En el otoño de los misiles,
dientes ocultos bajo el mar:
el planeta contuvo la respiración,
y la isla contó segundos con un rosario.
Crecieron escuelas como corales,
médicos que llevaban luz en maletines,
libros que aprendieron a ser pan.
Pero también la puerta se volvió única:
el monólogo ocupó la plaza,
y la discrepancia masticó en silencio.
Cuando se rompió el hilo del Este,
cayó el Período Especial:
bici y apagón como reloj de hambre,
y la nevera rezando bajito en la cocina.
Ya entrado el nuevo milenio,
bisagras tímidas:
mercados que asoman,
puertos tanteando el deshielo.
Hubo un tiempo de manos casi juntas,
embajadas encendidas como faros,
y luego la distancia volvió a su costumbre:
el Malecón escucha y no responde.
Cambió la silla del mando,
y otro líder heredó el oleaje:
la brújula buscando pan y respiro.
Más tarde, una ley dijo “familia” en plural
y el país discutió el amor
con papeletas en la mano.

A veces, una puerta se abrió por promesa de jubileo
y salieron nombres —muchos nombres—
pero el cerrojo siguió cerca.
después la isla sumó colas y ausencias,
maletas que aprendieron norte,
remesas como peces de plata.
Pero, sin embargo, son y tabaco,
un trombón que sorbía atardeceres,
y niños pateando luz en la calle.
Cuba, faro y cicatriz,
azúcar y salmo,
marea que insiste.
Entre huracán y guaracha,
escribes con tiza salada
tu futuro en el muro del mar.

 

Cuba concentra la tesis del libro en su forma más tensa: la isla se cuenta desde el azúcar y el tambor hasta el Período Especial y las colas de hoy, sin panfleto en ninguna de las dos direcciones. Los versos alternan celebración y reserva con una ecuanimidad difícil —«Crecieron escuelas como corales» frente a «Pero también la puerta se volvió única»—, y el remate, «escribes con tiza salada / tu futuro en el muro del mar», es uno de los cierres más felices del poemario.

 

 

4. Chile

(El fin de la tierra: cordillera, cobre y contradicción)

A Pablo Neruda, que cantó a América con voz de continente y al amor con voz de hombre.

 

País larguísimo,
espina de nieve al borde del océano,
guitarra tendida entre cordillera y sal.
Aimaras y lickanantay en el norte,
sal que conversa con el sol del altiplano;
diaguitas en el valle que aprende sed;
mapuches: kultrún en el bosque,
trutruka llamando al rayo,
araucaria alzando lanzas verdes,
Arauco aprendiendo a decir no.
Y vino la conquista,
Valdivia clavó una ciudad en el valle:
Santiago encendió su fogón,
y la Capitanía dobló campanas hacia el sur.
La conquista fue piedra contra piedra:
el río trajo armaduras,
resistencia y raíces que no se arrancaban.
Siglos de arado y rezo,
trigo como espuma en la cuenca,
cobre y plata encendiendo galerías,
y una frontera que respiraba
a fuerza de parlamentos y lanzas.
Un septiembre de junta abrió la ventana:
la plaza se volvió promesa.
Después, entre cruces de nieve y pólvora,
la independencia dijo en voz alta:

O’Higgins al frente,
y el eco de San Martín cruzó la cordillera
como un rezo con botas.
La república ordenó sus cuadernos.
Una élite escribió con tinta quieta;
el puerto contó velas,
la mina recogió golpes,
y el Estado aprendió a parecer inevitable.
Cuando el siglo decimonónico se apagó,
el mapa se estiró con dolor:
la Araucanía quedó cercada
por fusiles y alambradas,
y el salitre puso brillo en el desierto
—riqueza blanca, sed de mundo—.
Ardió la guerra del Pacífico:
Tarapacá, Antofagasta,
nitrato como nieve sin perdón,
victoria amarga en la boca del norte,
y un vecino al que le faltó mar
como si le faltara pulmón.
Luego, la república de gabinetes:
política de pasillos y apellidos.
Y cuando el salitre se quebró en el mercado,
la Gran Depresión rompió el cristal:
la calle aprendió a pronunciar hambre,
y el siglo cambió de tono.
A comienzos de los setenta,
subió un nuevo líder con pan y cobre rojo:
las fábricas cantaron propiedad colectiva,
la plaza masticó esperanza y disputa.
Pero llegó el once negro de septiembre:
La Moneda amaneció en llamas,
el silencio se rompió con balas.
¡AY! Diecisiete inviernos largos:
neón de mercado curando con frío,
y la noche contando ausencias en voz baja.
Exilio como tren sin regreso,
nombres que no vuelven,
cicatrices en la palabra “patria”.
Hasta que el país votó “No”
y se encendió la luz del cambio;
la democracia regresó con pasos perfilados.
Transición como puente de vidrio:
instituciones respirando,
crecimiento negociando,
y la balanza —como siempre—
pesando desigual.
Y un día la plaza se hizo marea:
el metro fue chispa,
la rabia fue coro,
los ojos del país miraron con dolor nuevo.
Se abrieron cuadernos constitucionales,
pero dos plebiscitos cerraron el grifo:
una conversación inmensa
que no encontró casa.
Hoy, telescopios en Atacama beben estrellas,
el litio late en salares helados,
y el viento del sur se afila con energía.
También la sombra cambió de forma:
el crimen que se organizó,
el miedo pidió orden.
La migración tensó fronteras y discursos.
El país volvió a tensar sus cuerdas:
seguridad y libertad,
cambio y continuidad,
preguntas antiguas
buscando respuestas nuevas.
Chile, borde del mundo y de sí mismo,
costa de Humboldt, vidrio de cordillera,
un país aprendiendo a sostener su contradicción.
Porque entre mar y montaña
tu pulso es martillo y semilla:
insistes en forjar justicia
sin dejar de encender el amanecer.
Y allá donde termina la tierra,
el cóndor gira una vez más
sobre la nieve y sobre el mar.
No para cerrar el viaje,
sino para recordar
que toda América
es todavía un camino.

 

El poema más austral adopta la forma alargada de su asunto: «País larguísimo, / espina de nieve al borde del océano». Muñoz-Martín recorre Arauco, el salitre, el once de septiembre y los plebiscitos recientes con una economía de medios notable, y evita el énfasis justo donde sería más fácil caer en él. El cóndor final —«No para cerrar el viaje, / sino para recordar / que toda América / es todavía un camino»— enlaza con el epílogo y confirma que el libro está construido, no acumulado.

 

 

5. Hispanoamérica — una promesa común

(Epílogo — las diecinueve voces sentadas a la misma mesa)

 

Nos convoca una mesa larga,
donde la sal es la misma sílaba,
y el pan se parte en castellano.
Un idioma hecho de calles y volcanes,
de mares que se contestan con espuma.
México entra primero:
olor a maíz y lluvia,
terco como nopal que guarda agua en la tormenta,
cicatrices de pólvora y ternura,
y una risa que baila aun con los pies cansados.
Guatemala trae jade y memoria,
Honduras su machete y su guitarra,
El Salvador un fuego pequeño
que abriga manos migrantes.
Nicaragua -poesía y volcán-
mira el futuro con ojos de lago.
Costa Rica ofrece su bosque sin fusiles,
Panamá abre y cierra el mundo
como un párpado cansado.

Cuba llega con tambor y tabaco,
melancolía que no se rinde.
República Dominicana -merengue y huracán-
enseña a reforzar la risa.
Colombia baja con flores amarillas,
cumbia que cura y persiste;
Venezuela extiende sus llanos y orquídeas,
bolero y espera bajo la piel.
Ecuador marca la mitad del mundo
con tiza de volcán;
Perú sube desde el quechua,
pan recién hecho entre montañas.
Bolivia alza su wiphala brillante,
litio y altiplano, cosmovisión que insiste.
Chile trae cobre y terremotos,
un mar que reclama, un pueblo que se abraza.
Argentina llega con bandoneón y mate,
crisis y abrazo,
pampas que parecen futuro.
Uruguay -perfil sereno-
carnaval que piensa, palabra cumplida.
Paraguay, dos lenguas en la misma boca,
trabajo callado, río que se demora.

Nos parecemos en la dignidad del saludo,
en la sobremesa infinita,
en la risa que levanta muertos
y la rabia que pide justicia.
También compartimos sombras:
la injusticia vestida de traje,
la corrupción políglota,
el miedo que llama a medianoche.
Pero no nos faltan agallas,
ni hospitalidad sin pasaporte,
ni memoria que enseña,
ni esa terquedad hermosa
de volver a empezar.

Nuestra lengua —hogar sin candados—
une patios y universidades,
nanas, radios y testimonios.
Por ella se nos entiende,
por ella nos discutimos,
por ella aprendemos a perdonarnos.

Que este canto sea promesa:
no telón, sino puerta.
Imaginemos, con la seriedad de un pacto,
unos Estados Unidos de Hispanoamérica:
no uniforme, sino tapiz de culturas;
un parlamento que huela a mercado,
trenes que crucen sin papeles el viento,
una justicia que no confunda pobreza con culpa,
una universidad de patios conectados,
una salud que pronuncie cada acento.
Fronteras como puentes,
aduanas como saludos,
monedas que no se peleen por el pan de la mesa,
y gobiernos que cambien sin cambiar de pueblo.

Será elegía por lo perdido,
utopía por lo que ya late:
cuando un chileno entiende a un hondureño,
una paraguaya defiende a una peruana,
un dominicano abraza a un cubano,
y un argentino y un uruguayo
discuten como hermanos.
—Colombia, México, Venezuela, Ecuador, Bolivia,
Costa Rica, Panamá, Nicaragua, El Salvador, Honduras,
Puerto Rico, Guatemala, Perú, Paraguay, Chile, Uruguay,

Cuba, Dominicana, Argentina—
que nadie falte en la cuenta
levantan juntos su sílaba más antigua.

Entonces,
que el mapa deje de ser rompecabezas
y sea telar que tapice una patria grande:
no consigna, sino esencia y costumbre.
Que mañana, cuando pregunten
“¿de dónde somos?”,
podamos responder:
de una lengua compartida,
de una promesa común,
de ser muchos —y de ser uno—,
siempre en Hispanoamérica.
En Hispanoamérica, siempre.

 

El epílogo convoca a los diecinueve a una misma mesa y le da a cada uno su verso, en un recuento que podría haber quedado en inventario y resulta retrato. La segunda mitad se atreve con una utopía explícita —«unos Estados Unidos de Hispanoamérica: / no uniforme, sino tapiz de culturas»— y la sostiene sin ingenuidad, porque antes ha nombrado las sombras: la injusticia vestida de traje, la corrupción políglota, el miedo que llama a medianoche. Cierra el libro y la trilogía respondiendo a la pregunta que los abría: la identidad como lengua compartida, no como frontera.

 

«EL HILO HISPANOAMERICANO: Urdimbre de un telar humano», de Francisco Muñoz-Martín, se publica con Editorial Poesía eres tú (2026). ISBN: 979-13-87806-47-7. Disponible en las principales librerías de España y América Latina, y en la web de la Editorial Poesía eres tú.

 

Más sobre el autor: https://nuestrosescritores.com/franciscomunozmartin/

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Información tras publicar un libro: EL HILO HISPANOAMERICANO de FRANCISCO MUÑOZ-MARTÍN con la editorial de poesía Editorial Poesía eres tú.

FRANCISCO MUÑOZ-MARTÍN logra publicar un libro de poesía, EL HILO HISPANOAMERICANO, tras un proceso de selección de obras con la Editorial Poesía eres tú.

Todos los derechos del libro EL HILO HISPANOAMERICANO pertenecen a FRANCISCO MUÑOZ-MARTÍN tras publicar un libro con la Editorial Poesía eres tú.

Publicar un libro de poesía como EL HILO HISPANOAMERICANO de FRANCISCO MUÑOZ-MARTÍN es posible gracias al trabajo de todo el equipo de la Editorial Poesía eres tú.

Toda la promoción del libro EL HILO HISPANOAMERICANO la puedes ver en la página de la Editorial Poesía eres tú y en la web que la editorial la hace a FRANCISCO MUÑOZ-MARTÍN tras publicar un libro.

FRANCISCO MUÑOZ-MARTÍN agradece a la Editorial Poesía eres tú y la Agencia del libro por facilitar el trabajo de publicar un libro: EL HILO HISPANOAMERICANO.

La Editorial Poesía eres tú y FRANCISCO MUÑOZ-MARTÍN agradecen la colaboración de los poetas, que han conseguido publicar un libro, y lectores del libro EL HILO HISPANOAMERICANO por su colaboración en la promoción y difusión de la obra.