{"id":9555,"date":"2025-11-02T20:01:42","date_gmt":"2025-11-02T19:01:42","guid":{"rendered":"https:\/\/poesiaerestu.com\/revista\/?p=9555"},"modified":"2025-11-02T20:01:42","modified_gmt":"2025-11-02T19:01:42","slug":"himno-a-roma-de-carlos-blanco-de-himnos-a-urlil","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/poesiaerestu.com\/revista\/himno-a-roma-de-carlos-blanco-de-himnos-a-urlil\/","title":{"rendered":"HIMNO A ROMA de Carlos Blanco de Himnos a Urlil"},"content":{"rendered":"<p><strong>HIMNO A ROMA<\/strong><br \/>\n(fragmento)<\/p>\n<p>Pero tu hermosura es eterna,<br \/>\nRoma,<br \/>\nporque eterno ante el cosmos<br \/>\nes el af\u00e1n humano<br \/>\nde crear e irradiar<br \/>\nla luz del arte<br \/>\ny el fulgor de la belleza.<\/p>\n<p>Derr\u00edtanse los imperios<br \/>\ncomo nieve fundida<br \/>\nen la ma\u00f1ana.<\/p>\n<p>S\u00e9quense los oc\u00e9anos<br \/>\nal calor del tiempo<br \/>\nque no da tregua.<\/p>\n<p>Mas el ideal que representas<br \/>\npermanezca por siempre<br \/>\nen la entra\u00f1a de alg\u00fan dios<br \/>\nque a\u00fan no conocemos.<\/p>\n<p>Como castillos de naipes<br \/>\nse derrumban reinos.<\/p>\n<p>Como tenues suspiros<br \/>\nse esfuman la gloria<br \/>\ny la grandeza<br \/>\nde tantos que dominaron<br \/>\nla voluntad de los hombres.<\/p>\n<p>El recuerdo de muchos<br \/>\nque rigieron la historia<br \/>\nes hoy vago,<br \/>\ncercano a la nada;<br \/>\nleve es su sombra<br \/>\nante el presente<br \/>\nque todo lo absorbe<br \/>\nsin clemencia.<\/p>\n<p>Lo que brill\u00f3<br \/>\nyace sepultado.<\/p>\n<p>Como hilo invisible<br \/>\nse descorre el destino<br \/>\nque a todos atrapa.<\/p>\n<p>El tiempo engulle<br \/>\nlo que el hombre erige<br \/>\ncon pasi\u00f3n y entrega;<br \/>\npero no a ti,<br \/>\nRoma,<br \/>\nporque el s\u00edmbolo perdura<br \/>\nen las fuentes de la vida,<br \/>\neternas y luminosas<br \/>\ncomo el firmamento,<br \/>\nque no se conmueve<br \/>\nante las turbulencias<br \/>\nde mundos finitos.<\/p>\n<p>\u00bfQu\u00e9 son el poder<br \/>\ny la gloria<br \/>\nante el tiempo?<\/p>\n<p>Nada.<\/p>\n<p>Un clamor triste que se apaga,<br \/>\nun conjunto melanc\u00f3lico<br \/>\nde egregias ruinas<br \/>\ndevoradas sin piedad,<br \/>\nsignos que ocultan<br \/>\nambiciones fugadas en lo oscuro,<br \/>\nalmas disecadas<br \/>\nen piedras despojadas de existencia.<\/p>\n<p>Esas bellas formas<br \/>\nque admiraron los hombres<br \/>\nson hoy sue\u00f1os vanos<br \/>\nque nutrieron<br \/>\nansias desconsoladas<br \/>\ny corazones insaciables,<br \/>\nsedientos de lo desconocido;<br \/>\ntestigos mudos de la historia humana.<\/p>\n<p>Pero la belleza<br \/>\nes una luz que permanece.<\/p>\n<p>Ni la lluvia<br \/>\nextingue su llama.<\/p>\n<p>Su sustancia es eterna,<br \/>\ny no puede desvanecerse<br \/>\nen la desnuda inmensidad<br \/>\ndel vac\u00edo puro.<\/p>\n<p>As\u00ed es lo bello,<br \/>\nque mueve el coraz\u00f3n<br \/>\ny le da alas,<br \/>\nalas que ascienden<br \/>\nal para\u00edso,<br \/>\nemblema de amor y vida<br \/>\nen auroras de esperanza.<\/p>\n<p>Carlos Blanco<br \/>\n<em>Himnos a Urlil<\/em>, Ediciones Rilke, 2025<\/p>\n<p><strong>LA SUSTANCIA INEXTINGUIBLE: CUANDO LA PIEDRA SE HACE LUZ<\/strong><\/p>\n<p>Hay poemas que se leen con los ojos y hay poemas que se respiran, que entran por la piel como una certeza antigua, como el recuerdo de algo que siempre supimos pero nunca hab\u00edamos pronunciado. Este himno a Roma de Carlos Blanco pertenece a la segunda estirpe, a esos versos que no argumentan sino que constatan, que no persuaden sino que revelan. Y lo que revelan es terrible y hermoso a la vez: que somos polvo arrastrado por el viento del tiempo, pero que ese polvo puede brillar con una luz que el tiempo mismo no logra apagar. Blanco escribe desde una convicci\u00f3n metaf\u00edsica radical, casi anacr\u00f3nica en su fervor, que dice con palabras lo que las ruinas del Coliseo murmuran al atardecer cuando nadie las escucha. Dice que el tiempo es un devorador implacable, que todo lo que amamos est\u00e1 condenado desde el instante en que empieza a existir, que los imperios se derriten como nieve al sol de la ma\u00f1ana y los oc\u00e9anos se secar\u00e1n alg\u00fan d\u00eda cuando el calor del universo los haya chupado hasta la \u00faltima gota. Dice lo que todos sabemos pero fingimos no saber: que moriremos, que nuestras civilizaciones caer\u00e1n, que lo que hoy brilla ma\u00f1ana yacer\u00e1 sepultado bajo capas de olvido. Es un poeta que no miente, que no endulza, que mira de frente al abismo. Pero entonces, justo cuando la melancol\u00eda parece invencible, cuando el verso se ha llenado de ceniza y de sombra, Blanco da un giro que es pura iluminaci\u00f3n m\u00edstica: &#8220;Pero la belleza es una luz que permanece&#8221;. Esa adversativa, ese &#8220;pero&#8221; que irrumpe como un rel\u00e1mpago en la noche, cambia todo el sentido del poema. No es consuelo barato ni optimismo ingenuo. Es afirmaci\u00f3n ontol\u00f3gica: la belleza no es accidente decorativo sino sustancia eterna, algo que trasciende la materialidad de la piedra donde se encarna. Roma no perdura porque sus columnas sean indestructibles \u2014se desmoronan lentamente, todos lo vemos\u2014 sino porque el s\u00edmbolo perdura, porque el ideal que representa se ha grabado en alguna regi\u00f3n del ser que el tiempo no alcanza a tocar. Blanco practica aqu\u00ed una metaf\u00edsica del arte que bebe directamente de Plat\u00f3n: las formas materiales perecen pero la Idea permanece, y esa Idea no es abstracci\u00f3n fr\u00eda sino luz viviente, fuego que enciende corazones siglos despu\u00e9s de que las manos que tallaron la piedra se hayan convertido en polvo. Hay en este himno una dial\u00e9ctica impl\u00edcita entre lo temporal y lo eterno, entre la finitud y la trascendencia, que Blanco no resuelve mediante s\u00edntesis hegeliana sino mediante salto m\u00edstico. No argumenta que la belleza es eterna: lo proclama con la autoridad de quien ha visto, de quien ha tenido una visi\u00f3n directa de esa permanencia. Su lenguaje es el del profeta, no el del fil\u00f3sofo anal\u00edtico. Repite, insiste, martillea con an\u00e1foras obsesivas (&#8220;Derr\u00edtanse&#8230; S\u00e9quense&#8230; Como castillos de naipes&#8230; Como tenues suspiros&#8221;) que crean ritmo de letan\u00eda, de oraci\u00f3n desesperada que busca convencerse a s\u00ed misma tanto como convencer al lector. Y funciona. Funciona porque Blanco escribe desde una sinceridad desarmante, sin distancia ir\u00f3nica, sin gui\u00f1o posmoderno que lo proteja. Cree lo que dice. Cree que el arte salva, que la belleza redime, que hay algo en nosotros capaz de vencer a la muerte mediante la creaci\u00f3n. Y esa fe, en tiempos de escepticismo generalizado, resulta conmovedora incluso cuando no la compartamos plenamente. La imagen m\u00e1s potente del poema es quiz\u00e1 la del tiempo como devorador: &#8220;El tiempo engulle lo que el hombre erige con pasi\u00f3n y entrega&#8221;. Ese verbo brutal, &#8220;engulle&#8221;, con su sonoridad casi onomatop\u00e9yica, materializa al tiempo como bestia hambrienta, tragona insaciable que mastica imperios y escupe ruinas. Blanco no poetiza suavemente el paso del tiempo: lo presenta como violencia c\u00f3smica, como fuerza destructora que no se apiada de nada. Pero inmediatamente, como contrapeso a esa desesperaci\u00f3n, levanta la figura de Roma como excepci\u00f3n, como lugar donde el s\u00edmbolo ha logrado arraigar tan hondo que ni siquiera el tiempo puede extirparlo. Roma se convierte as\u00ed en met\u00e1fora de todo arte aut\u00e9ntico: aquello que trasciende su propia materialidad para tocar algo eterno. Los versos finales, con su descripci\u00f3n de la belleza como &#8220;alas que ascienden al para\u00edso&#8221;, recuperan la dimensi\u00f3n ascensional, m\u00edstica, casi religiosa que Blanco otorga al arte. La belleza no es ornamento sino veh\u00edculo de elevaci\u00f3n espiritual, manera de salir de la prisi\u00f3n de lo finito para intuir, aunque sea por un instante fugaz, lo infinito. Es poes\u00eda que no se conforma con describir el mundo sino que aspira a transformar al lector, a elevarlo, a hacerlo part\u00edcipe de una experiencia contemplativa que lo saque de lo cotidiano y lo lance hacia regiones donde el tiempo pierde su poder tir\u00e1nico. Blanco escribe para conmovernos, s\u00ed, pero tambi\u00e9n para salvarnos. Para recordarnos que mientras haya quien sea capaz de emocionarse ante un atardecer en Roma, mientras exista un alma capaz de llorar ante la belleza, la luz de Urlil \u2014esa luz primordial que es principio y fin de todo\u2014 seguir\u00e1 brillando. Y esa luz, esa sustancia inextinguible que ni la lluvia apaga, es lo \u00fanico que justifica que sigamos aqu\u00ed, creando, amando, resistiendo al olvido con la \u00fanica arma que tenemos: la belleza que dejamos atr\u00e1s cuando nos vamos.<\/p>\n<p style=\"text-align: right;\">Ana Mar\u00eda Olivares<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Carlos Blanco reivindica la belleza de Roma como s\u00edmbolo eterno, m\u00e1s all\u00e1 del paso del tiempo y la ca\u00edda de imperios. 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