{"id":11117,"date":"2026-09-27T18:49:13","date_gmt":"2026-09-27T16:49:13","guid":{"rendered":"https:\/\/poesiaerestu.com\/revista\/?p=11117"},"modified":"2026-09-27T18:49:13","modified_gmt":"2026-09-27T16:49:13","slug":"la-estirpe-de-la-bandera-negra-eusebio-navarro","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/poesiaerestu.com\/revista\/la-estirpe-de-la-bandera-negra-eusebio-navarro\/","title":{"rendered":"La Estirpe de la Bandera Negra, de Eusebio Navarro: un bot\u00edn de memoria que se niega a llevar fecha"},"content":{"rendered":"<section class=\"l-section wpb_row height_medium\"><div class=\"l-section-h i-cf\"><div class=\"g-cols vc_row via_flex valign_top type_default stacking_default\"><div class=\"vc_col-sm-12 wpb_column vc_column_container\"><div class=\"vc_column-inner\"><div class=\"wpb_wrapper\"><div class=\"wpb_text_column\"><div class=\"wpb_wrapper\"><p>Obra: La Estirpe de la Bandera Negra. Autor: Eusebio Navarro. Editorial: Poes\u00eda eres t\u00fa. A\u00f1o: 2026 (primera edici\u00f3n). ISBN: 979-13-87806-49-1. 70 p\u00e1ginas.<\/p>\n<p>Eusebio Navarro (Sevilla, 1983) guarda su ra\u00edz familiar en Valverde del Camino, en Huelva, y ha repartido su trayectoria entre Andaluc\u00eda y Chile. En otro autor ese dato ser\u00eda una nota al pie; en este condiciona la lectura entera, porque el libro est\u00e1 escrito desde una doble orilla y acaba haciendo de ella su materia. Navarro llega adem\u00e1s sin obra previa que lo avale y sin adscripci\u00f3n declarada a ning\u00fan grupo: no hay aqu\u00ed militancia de escuela, sino una filiaci\u00f3n electiva que el propio volumen enuncia en los umbrales de sus cinco secciones, donde comparecen Juan Ram\u00f3n Jim\u00e9nez, Gabriela Mistral, Sylvia Plath, Arthur Rimbaud y W. B. Yeats. Situar a Plath a la puerta de la secci\u00f3n er\u00f3tica y a Rimbaud a la de la secci\u00f3n rebelde no es decoraci\u00f3n culta: es una reclamaci\u00f3n de linaje, y conviene leerla como tal, porque la estirpe del t\u00edtulo no designa solo a una tripulaci\u00f3n de bribones.<\/p>\n<p>Lo que el libro propone no es un itinerario biogr\u00e1fico ni la cr\u00f3nica de una traves\u00eda. Propone un m\u00e9todo de acumulaci\u00f3n, y lo declara sin coartadas en un pr\u00f3logo que el autor firma con su propio nombre y que resulta ins\u00f3litamente honesto. Navarro se niega a presentarse como poeta vocacional y atribuye el origen de sus textos a un impulso que nombra sin adornarlo: \u00abvanidad y avaricia de acumular tesoros en ese ba\u00fal\u00bb (p. 7). De esa declaraci\u00f3n se sigue todo lo dem\u00e1s. Si los poemas llegan cuando quieren, la unidad del conjunto no puede venir de un plan previo, y el autor lo sabe y lo convierte en imagen: \u00abNing\u00fan pirata encuentra tesoros con regularidad\u00bb (p. 8).<\/p>\n<p>Conviene descartar de entrada tres lecturas f\u00e1ciles. No es un libro confesional, pese a la primera persona constante: los poemas se niegan a anclarse en el suceso que los produjo, y el pr\u00f3logo lo razona con una frase que funciona como cl\u00e1usula de todo el volumen, \u00abNunca me interes\u00f3 fechar estos poemas\u00bb (p. 8). No es un libro metapo\u00e9tico, aunque hable dos o tres veces de su propia escritura: cuando lo hace es para desautorizarla, no para celebrarla. Y no es un poemario de tesis ni un libro de viaje. La epistemolog\u00eda impl\u00edcita es m\u00e1s modesta y m\u00e1s interesante: la de una memoria que se sabe poco fiable y que renuncia a corregirse. Ordenar sin fechar, guardar sin jerarquizar. Esa es la apuesta.<\/p>\n<p>La arquitectura responde a ella con una cautela que el lector agradece. Cinco secciones, veintinueve poemas, un reparto deliberadamente irregular \u2014seis, cinco, siete, cuatro y siete piezas\u2014 y una advertencia previa sobre el valor de esa divisi\u00f3n: \u00abNo son escalones r\u00edgidos ni dogmas, sino estaciones, reflejos, \u00e1mbitos de tr\u00e1nsito\u00bb (p. 9). El esquema resultante, memoria, b\u00fasqueda, pasi\u00f3n, rebeld\u00eda y calma, es antiguo y reconocible, casi un ciclo vital cl\u00e1sico; lo que Navarro aporta es desplazarlo \u00edntegramente al l\u00e9xico de la navegaci\u00f3n. Cada secci\u00f3n lleva adem\u00e1s doble titulaci\u00f3n, y el procedimiento merece atenci\u00f3n porque no es redundante: el primer sintagma nombra el elemento y el segundo lo sit\u00faa. &#8220;El susurro de los mares&#8221; se precisa en &#8220;Bajo la estrella del norte&#8221;; &#8220;las ardientes mareas&#8221; en &#8220;El azote de las olas&#8221;. El efecto es el de una carta n\u00e1utica, coordenadas superpuestas sobre un territorio que el libro define desde muy pronto como inalcanzable por definici\u00f3n: \u00abEse lugar, que escapa de ti tan r\u00e1pido como tratas de alcanzarlo\u00bb (p. 16). La decisi\u00f3n de orden m\u00e1s significativa es la colocaci\u00f3n del poema que da t\u00edtulo al conjunto no al principio ni al final, sino abriendo la cuarta secci\u00f3n, de modo que la bravata corsaria queda enmarcada y relativizada por las dos secciones de desgaste que la preceden y la siguen.<\/p>\n<p>El recurso dominante es la an\u00e1fora estructurante, y Navarro la trabaja en tres variantes distintas. La primera es la an\u00e1fora de promesa: &#8220;Los olivos centenarios&#8221; se sostiene sobre un mismo verso que abre las dos estrofas y que convierte el poema en un aplazamiento, hasta rematar en una imagen de fertilidad inesperada, \u00abel de alg\u00fan olivo ya pre\u00f1ado.\u00bb (p. 27), precedida por un hallazgo m\u00ednimo y decisivo, \u00abMientras la lluvia se ti\u00f1e salado\u00bb (p. 27), donde el llanto entra en el poema sin ser nombrado. La segunda es la an\u00e1fora de de\u00edcticos: &#8220;Arquitectura de la ausencia&#8221; alinea diez versos sin un solo verbo principal, solo demostrativos que se\u00f1alan hacia lo que no est\u00e1, y alterna lo grave con lo dom\u00e9stico hasta un cierre que lo vuelve habitable, de \u00abese libro que nunca firm\u00e9,\u00bb (p. 26) a \u00abese inconfundible aroma a caf\u00e9.\u00bb (p. 26). La tercera es la an\u00e1fora de estribillo, de ra\u00edz oral y casi de canci\u00f3n de taberna, que gobierna &#8220;Sin patente de corso&#8221; mediante una condicional repetida y una exclamaci\u00f3n que cambia de coletilla en cada aparici\u00f3n: \u00ab\u00a1Al abordaje!, \u00a1Y que el Diablo sirva el vino!\u00bb (p. 61). Ninguna de las tres es ornamento. Todas hacen el mismo trabajo, que es sustituir por repetici\u00f3n la cohesi\u00f3n narrativa que el libro ha renunciado a tener.<\/p>\n<p>El verso es libre, de andadura larga y sin c\u00f3mputo regular, con una rima asonante intermitente que aparece y desaparece como eco antes que como estructura. En &#8220;Prop\u00f3sito de a\u00f1o viejo&#8221; esa asonancia se densifica hasta volverse principio constructivo y el poema se convierte en un inventario de terminaciones en -ado que bordea la monoton\u00eda durante quince versos; lo salva el remate, \u00abtodo lo dar\u00eda yo, por seguir la vida a tu lado\u00bb (p. 59), que reinterpreta retrospectivamente la lista entera como ofrenda. Ese o\u00eddo para el remate es, de hecho, el rasgo t\u00e9cnico m\u00e1s s\u00f3lido del autor y reaparece una y otra vez. El mejor ejemplo est\u00e1 en &#8220;El camino&#8221;: tras una estrofa de p\u00e9rdida y titubeo, el poema se cierra con un verso que es a la vez desaf\u00edo y conciencia de finitud, \u00abEl polvo a\u00fan no ha pronunciado mi nombre entero.\u00bb (p. 19). El adverbio carga con todo el peso.<\/p>\n<p>La ambientaci\u00f3n se organiza en dos campos que el libro mantiene en tensi\u00f3n deliberada. El marino aporta la bandera negra, el bot\u00edn, el abordaje, el tres palos, la patente de corso y una ruta concreta que ancla la fantas\u00eda en geograf\u00eda real, \u00absaqueando Valpara\u00edso y Lima, Guayaquil y Panam\u00e1;\u00bb (p. 61). El terrestre aporta los olivos, los cerros, el aroma de la tierra mojada. La segunda secci\u00f3n se titula precisamente &#8220;Entre el mar y la tierra&#8221;, y esa doble pertenencia atraviesa el volumen entero. A ellos se suma un tercer campo, el de la materia suntuaria y corrosiva \u2014el metal, la sal, el bronce\u2014, que permite el mejor verso sensorial del libro, \u00abel sabor del bronce, el oro y la sal\u00bb (p. 50), donde el bot\u00edn deja de ser tema y se vuelve percepci\u00f3n t\u00e1ctil. La huella transatl\u00e1ntica no se declara: se bebe. &#8220;Fuimos, somos y seremos&#8221; convoca tres geograf\u00edas del alcohol en versos consecutivos y cierra con \u00aby el destilado ardiente de Caledonia.\u00bb (p. 48). Y hay un detalle que el lector distra\u00eddo tomar\u00e1 por descuido y que es, casi con seguridad, una marca deliberada de hemisferio: en el poema dedicado a una hija, el nacimiento ocurre \u00abde aquella tarde invernal de Julio\u00bb (p. 58).<\/p>\n<p>La tesis cr\u00edtica que sostiene esta lectura es que el libro no trata del mar, ni de la rebeld\u00eda, ni siquiera del tiempo, sino de la imposibilidad de distinguir lo vivido de lo deseado. Ning\u00fan poema lo enuncia como programa, pero casi todos lo demuestran, y uno lo formula sin rodeos al cerrar la secci\u00f3n m\u00e1s rebelde del volumen: \u00ablo que fue, o lo que me hubiera gustado ser.\u00bb (p. 51). Ese verso ilumina hacia atr\u00e1s el pr\u00f3logo entero, porque explica por qu\u00e9 fechar ser\u00eda una traici\u00f3n: una fecha obligar\u00eda a decidir cu\u00e1l de las dos memorias es la verdadera. De ah\u00ed que la bravata corsaria no sea pose gratuita sino consecuencia. El pirata es la forma que adopta el deseo cuando se le permite sustituir al recuerdo, y el propio autor desmonta la operaci\u00f3n en la \u00faltima estrofa de &#8220;Sin patente de corso&#8221;, donde reconoce que la \u00fanica nave que le queda es el verso, \u00abderramando venturas a golpe de versos.\u00bb (p. 61).<\/p>\n<p>En t\u00e9rminos de originalidad, el libro no inventa un procedimiento ni ensancha las posibilidades del verso libre espa\u00f1ol. Lo que s\u00ed tiene es un mundo propio reconocible a partir del tercer poema, que no es logro menor. En coherencia gana lo que pierde en simetr\u00eda: las cinco estaciones sostienen el conjunto sin rigidez, y el tr\u00e1nsito de la bravata al desamparo est\u00e1 gradado con criterio. El impacto emocional es alto en el tramo final y desigual en la secci\u00f3n er\u00f3tica. Su contribuci\u00f3n al g\u00e9nero es modesta pero limpia: una voz masculina, adulta y sin autocompasi\u00f3n, instalada en el momento en que el balance empieza a pesar m\u00e1s que el proyecto, y capaz de admitir lo que casi nadie admite, \u00abIncluso leo mis poemas antiguos, y los odio.\u00bb (p. 57).<\/p>\n<p>La limitaci\u00f3n principal es precisa y conviene nombrarla sin rodeos: la adjetivaci\u00f3n en pares. Cuando Navarro duda, dobla el adjetivo, y el doblete sustituye a la precisi\u00f3n en lugar de intensificarla. \u00ab\u00e1cidos y l\u00facidos, b\u00e1sicos y t\u00e9tricos\u00bb (p. 41) es el caso m\u00e1s visible, pero el procedimiento reaparece en toda la tercera secci\u00f3n y explica por qu\u00e9 esa parte del libro es la m\u00e1s floja. Hay un segundo l\u00edmite, de otra naturaleza. &#8220;La dama desnuda&#8221; construye durante veinte versos lo que parece una interpelaci\u00f3n degradante a una mujer y solo en el \u00faltimo verso revela que la destinataria es la inspiraci\u00f3n, \u00aba\u00fan puedo pagar por otra maldita musa.\u00bb (p. 39). La trampa ret\u00f3rica funciona en t\u00e9rminos de construcci\u00f3n, pero el texto no desactiva del todo la incomodidad que ha fabricado, y el lector que abandone antes del final se quedar\u00e1 leg\u00edtimamente con la impresi\u00f3n equivocada. Es un riesgo que el autor asume y que no todos los lectores le perdonar\u00e1n.<\/p>\n<p>El libro absorbe dos fen\u00f3menos del presente sin tematizarlos nunca. El primero es la sospecha contempor\u00e1nea sobre la fiabilidad del recuerdo, que aqu\u00ed no llega por v\u00eda te\u00f3rica sino por v\u00eda de experiencia: el hablante descubre que no puede auditar su propia biograf\u00eda. El segundo es el desgaste de una generaci\u00f3n que lleg\u00f3 tarde a sus propios mitos. &#8220;Los hijos de la movida&#8221; nombra ese desajuste con una f\u00f3rmula exacta, \u00abpoemas \u00edntimos con fecha de caducidad\u00bb (p. 49), y no cae en la nostalgia porque no reclama la vuelta de nada. Culturalmente, el volumen se inscribe en la vertiente vitalista y coloquial de la poes\u00eda espa\u00f1ola reciente, y su tensi\u00f3n con el mercado es evidente: prescinde del poema breve de cierre epigram\u00e1tico que hoy circula bien en redes, prescinde tambi\u00e9n del posicionamiento expl\u00edcito, y apuesta por un registro de confidencia adulta que no tiene nicho promocional f\u00e1cil. Elige no ser actual, y esa elecci\u00f3n tiene un coste que el propio libro parece haber aceptado.<\/p>\n<p>Situado frente a otros autores, el mapa se aclara. Con Juan Ram\u00f3n Jim\u00e9nez, a quien cita en el primer umbral, comparte la concepci\u00f3n del mar como camino del alma y no como paisaje; la diferencia es de temperatura, porque donde Juan Ram\u00f3n depura hasta la desnudez conceptual, Navarro carga el verso de materia sensorial y de l\u00e9xico corporal. Con Jos\u00e9 Hierro comparte la voz que hace inventario desde el lado tard\u00edo de una vida y la costumbre de dejar caer el hallazgo en el \u00faltimo verso; la diferencia es de escala, ya que Hierro construye poemas largos de desarrollo sinf\u00f3nico y Navarro trabaja en piezas breves que renuncian al desarrollo. Con Jos\u00e9 Manuel Caballero Bonald comparte el asunto central de esta lectura, la memoria entendida como fabulaci\u00f3n inevitable, y tambi\u00e9n la ra\u00edz andaluza y marinera; la diferencia es sint\u00e1ctica y no menor, porque la prosa de Caballero Bonald se enrosca en subordinaci\u00f3n barroca mientras Navarro busca sistem\u00e1ticamente la llaneza coloquial. Con Luis Garc\u00eda Montero comparte el registro urbano y conversacional y la voluntad de hablar del amor y del tiempo en lengua com\u00fan; la diferencia est\u00e1 en la distancia ir\u00f3nica y en la conciencia c\u00edvica, ausentes aqu\u00ed, donde la coloquialidad es m\u00e1s de barra que de caf\u00e9 literario. Y con el Joaqu\u00edn Sabina de la poes\u00eda escrita comparte el noct\u00e1mbulo envejecido, la bravata canalla y el gusto por el estribillo; la diferencia es de forma, porque Sabina somete ese material a la disciplina del soneto y de la rima consonante, y Navarro lo deja en verso libre, sin la red m\u00e9trica que en el otro caso sostiene la ca\u00edda.<\/p>\n<p>La valoraci\u00f3n final es favorable con reservas. Este es un libro honesto, escrito sin coartadas, con un mundo propio n\u00edtido y con un pu\u00f1ado de piezas que resistir\u00edan en cualquier muestra de poes\u00eda espa\u00f1ola contempor\u00e1nea de registro vitalista: &#8220;Las ruinas del reino&#8221;, &#8220;Caf\u00e9 con ella&#8221;, &#8220;Los silencios opacos&#8221; y &#8220;Sin patente de corso&#8221; est\u00e1n entre ellas. Tambi\u00e9n es un libro desigual, y ser\u00eda deshonesto fingir lo contrario: varios textos de la primera secci\u00f3n funcionan m\u00e1s como apunte que como poema terminado, la tercera secci\u00f3n alterna hallazgos memorables con f\u00f3rmulas convencionales, y el gesto corsario, cuando se prolonga, roza la pose. La distancia entre lo mejor y lo peor del volumen es amplia.<\/p>\n<p>Recomiendo especialmente a: lectores de poes\u00eda de registro vitalista y coloquial que no exijan innovaci\u00f3n formal; quienes busquen una voz masculina adulta capaz de hablar del propio desgaste sin autocompasi\u00f3n; lectores interesados en la poes\u00eda espa\u00f1ola de ra\u00edz andaluza con proyecci\u00f3n transatl\u00e1ntica; y a quien disfrute de los libros que se dejan leer en cualquier orden, tal como su autor los concibi\u00f3.<\/p>\n<p>No lo recomiendo a: lectores que busquen rigor formal, m\u00e9trica trabajada o experimentaci\u00f3n en el lenguaje; quienes prefieran poemarios de estructura cerrada y progresi\u00f3n argumental; lectores a los que incomode la exhibici\u00f3n er\u00f3tica masculina, especialmente en la tercera secci\u00f3n; y quienes esperen del poema una toma de posici\u00f3n sobre el presente.<\/p>\n<p>En el panorama de 2026, La Estirpe de la Bandera Negra ocupa el lugar discreto del primer libro bien escrito: no disputa nada, no viene a corregir a nadie y no aspira a fundar una po\u00e9tica. Cumple lo que promete en su mejor mitad, que es convertir una memoria dispersa en un mapa habitable sin falsificar la dispersi\u00f3n de origen. Deja abierto, en cambio, el problema que su propio pr\u00f3logo plante\u00f3, porque la renuncia a fechar, que funciona como principio de composici\u00f3n, se convierte a veces en excusa para no decidir, y hay poemas que se quedan a mitad de camino entre el apunte y la pieza.<\/p>\n<p>La evoluci\u00f3n deseable del autor est\u00e1 indicada por el propio volumen. Cuando Navarro se permite el poema largo de respiraci\u00f3n acumulativa \u2014&#8221;Las ruinas del reino&#8221;, &#8220;Los silencios opacos&#8221;\u2014 alcanza una densidad que las piezas breves de la primera secci\u00f3n no rozan; y cuando abandona el adjetivo doble por el sustantivo exacto, como en la metonimia funeraria de \u00abchaqueta de caoba barnizada y olor penetrante.\u00bb (p. 62), el verso se sostiene solo. Menos pares de adjetivos y m\u00e1s aliento largo: esa es, a la vista de este libro, la direcci\u00f3n. El hablante que cierra el volumen ya no es el corsario de la cuarta secci\u00f3n sino alguien que se describe con una exactitud desarmante, \u00absoy a\u00fan un dandi con chaqueta del rev\u00e9s,\u00bb (p. 63), y que termina admitiendo la derrota del di\u00e1logo consigo mismo, \u00abhe dejado de buscarte tras el espejo opaco\u00bb (p. 64). Ese es el Navarro que interesa seguir leyendo. El bot\u00edn, por continuar con su imagen, est\u00e1 lejos de agotarse.<\/p>\n<p>Las citas del volumen en que se apoya esta lectura, con indicaci\u00f3n de p\u00e1gina, son las siguientes.<\/p>\n<p>\u00abvanidad y avaricia de acumular tesoros en ese ba\u00fal\u00bb (p. 7)<\/p>\n<p>\u00abNing\u00fan pirata encuentra tesoros con regularidad\u00bb (p. 8)<\/p>\n<p>\u00abNunca me interes\u00f3 fechar estos poemas\u00bb (p. 8)<\/p>\n<p>\u00abNo son escalones r\u00edgidos ni dogmas, sino estaciones, reflejos, \u00e1mbitos de tr\u00e1nsito\u00bb (p. 9)<\/p>\n<p>\u00abmi pluma, antes rica en matices, ha dejado secar su tinta,\u00bb (p. 15)<\/p>\n<p>\u00abya no me fluyen las palabras como anta\u00f1o, ya no me miento.\u00bb (p. 15)<\/p>\n<p>\u00abEse lugar, que escapa de ti tan r\u00e1pido como tratas de alcanzarlo\u00bb (p. 16)<\/p>\n<p>\u00abEl polvo a\u00fan no ha pronunciado mi nombre entero.\u00bb (p. 19)<\/p>\n<p>\u00abpero este gris azulado de hoy es \u00fanico, solemne, casi sagrado.\u00bb (p. 25)<\/p>\n<p>\u00abese libro que nunca firm\u00e9,\u00bb (p. 26)<\/p>\n<p>\u00abese inconfundible aroma a caf\u00e9.\u00bb (p. 26)<\/p>\n<p>\u00abMientras la lluvia se ti\u00f1e salado\u00bb (p. 27)<\/p>\n<p>\u00abel de alg\u00fan olivo ya pre\u00f1ado.\u00bb (p. 27)<\/p>\n<p>\u00abun jerogl\u00edfico grafitado en el muro de tu ausencia,\u00bb (p. 37)<\/p>\n<p>\u00aba\u00fan puedo pagar por otra maldita musa.\u00bb (p. 39)<\/p>\n<p>\u00ab\u00e1cidos y l\u00facidos, b\u00e1sicos y t\u00e9tricos\u00bb (p. 41)<\/p>\n<p>\u00aby solo las leyendas cantar\u00e1n mi historia.\u00bb (p. 47)<\/p>\n<p>\u00aby el destilado ardiente de Caledonia.\u00bb (p. 48)<\/p>\n<p>\u00abpoemas \u00edntimos con fecha de caducidad\u00bb (p. 49)<\/p>\n<p>\u00abel sabor del bronce, el oro y la sal\u00bb (p. 50)<\/p>\n<p>\u00ablo que fue, o lo que me hubiera gustado ser.\u00bb (p. 51)<\/p>\n<p>\u00abIncluso leo mis poemas antiguos, y los odio.\u00bb (p. 57)<\/p>\n<p>\u00abde aquella tarde invernal de Julio\u00bb (p. 58)<\/p>\n<p>\u00abtodo lo dar\u00eda yo, por seguir la vida a tu lado\u00bb (p. 59)<\/p>\n<p>\u00absaqueando Valpara\u00edso y Lima, Guayaquil y Panam\u00e1;\u00bb (p. 61)<\/p>\n<p>\u00abderramando venturas a golpe de versos.\u00bb (p. 61)<\/p>\n<p>\u00abchaqueta de caoba barnizada y olor penetrante.\u00bb (p. 62)<\/p>\n<p>\u00absoy a\u00fan un dandi con chaqueta del rev\u00e9s,\u00bb (p. 63)<\/p>\n<p>\u00abhe dejado de buscarte tras el espejo opaco\u00bb (p. 64)<\/p>\n<p style=\"text-align: right;\">Cr\u00edtica realizada por Ana Mar\u00eda Olivares<\/p>\n<p>\u00a0<\/p>\n<\/div><\/div><\/div><\/div><\/div><\/div><\/div><\/section>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Cr\u00edtica literaria de La Estirpe de la Bandera Negra, de Eusebio Navarro (Poes\u00eda eres t\u00fa, 2026), veintinueve poemas repartidos en cinco secciones que el autor presenta como estaciones de tr\u00e1nsito y que se niega deliberadamente a fechar. El an\u00e1lisis recorre la arquitectura marinera del volumen, sus tres variantes de an\u00e1fora estructurante, el o\u00eddo del autor para el remate final y la tesis que sostiene el conjunto: la imposibilidad de distinguir lo vivido de lo deseado. Se\u00f1ala tambi\u00e9n sus l\u00edmites reales, la adjetivaci\u00f3n en pares y la desigualdad de la secci\u00f3n er\u00f3tica, con comparaciones con Juan Ram\u00f3n Jim\u00e9nez, Jos\u00e9 Hierro, Caballero Bonald, Garc\u00eda Montero y Sabina.<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":11151,"comment_status":"closed","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":"","_links_to":"","_links_to_target":""},"categories":[41],"tags":[667,844,845,755],"class_list":["post-11117","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-resenas","tag-critica-literaria","tag-eusebio-navarro","tag-la-estirpe-de-la-bandera-negra","tag-poesia-eres-tu"],"yoast_head":"<!-- This site is optimized with the Yoast SEO Premium plugin v26.5 (Yoast SEO v28.5) - https:\/\/yoast.com\/product\/yoast-seo-premium-wordpress\/ -->\n<title>Cr\u00edtica de La Estirpe de la Bandera Negra, de Eusebio Navarro | Revista 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